Capítulo 371
Apenas llegué a la puerta del baño, choqué de frente con Mateo, que salía con una palangana de agua en las manos.
La palangana cayó al suelo y yo también terminé en el piso.
El agua tibia me mojó de pies a cabeza.
Mateo, furioso, me levantó de golpe y me gritó:
—¿Por qué no te quedas acostada? ¿Para qué te levantas?
—No quiero un doctor...—me aferré a su brazo, rogándole, desesperada.
—Estoy bien, solo quiero dormir un rato..
No quiero un doctor, no quiero que me vea un doctor...
Mateo me cargó en silencio de vuelta a la cama.
Me tapó otra vez con las sábanas.
Al ver que se iba, me apuré a agarrarle el brazo.
Me aferré fuerte aél y, con la voz ronca, me largué a llorar:
—De verdad no quiero que venga un doctor, no quiero que llames a nadie...
Estoy bien..
—¿Ya acabaste con el drama?!
Mateo, enojado, me empujó fuerte contra la cama.
Me gritó:
—¿Sabes lo caliente que estás? Esos pies.
Si no hacemos algo, los vas a perder.
—No quiero un doctor... —lloraba mientras negaba con la cabeza, necia.
—Prefiero morirme antes de ver a un doctor... No llames a nadie, no puedes..
—¡Aurora!
Mateo suspiró, furioso. Me regañó bajito y temblando:
—¿Qué demonios quieres? ¿Crees que si te andas muriendo voy a sentir lástima? ¿Que no te voy a castigar?
—No quiero un doctor... —murmuré desorientada, repitiendo lo mismo una y otra vez.
Pero por dentro, con amargura, pensé:Nunca esperé que sintiera lástima por mí.
Por lo menos me quedaba ese poco de sentido común.
Mateo me soltó el brazo como si nada.
—¡No quiero!—legrité con lo poco que me quedaba de fuerza.
—Te dije que no quiero un doctor, no quiero..
La cara de Mateo se endureció, y los ojos se le llenaron de más rabia.
—¿No es suficiente berrinche? ¿Crees que quiero encargarme de ti? iTú viniste conmigo! si te pasa algo, ¿cómo crees que lo pondrán en las noticias?
Apreté los labios, los ojos llenos de lágrimas. Me dolían todo, el cuerpo y el alma.
Con esfuerzo, le dije:
—Entonces no te preocupes por mí... Vete.. vete con Camila, vete... jvete ya!
—jAurora!
Ya ni sabía cuántas veces me había gritado mi nombre así de desesperado.
Me agarró de los hombros, la cara llena de rabia.
Apretando los dientes, dijo:
—¡Si no quieres morir, cierra la boca!i Nunca vi a alguien tan necia como tú!
Cuando uno está enfermo, el corazón se pone más blando.
Vi su cara de enojo y sentí una punzada en el pecho. Las lágrimas me bajaban por las mejillas sin parar.

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