Las piernas ya no me respondían.
Me dejé caer en la silla y, con calma, le sonreí a Waylon:
—¿No fue ayer que usted y el señor Bernard firmaron el trato? ¿Y ya hoy están agarrados a golpes?
—Uy, no te confundas. Yo no empecé. Fue el señor Bernard el que llegó, como loco, a darme un puñetazo. Tú sabes cómo soy, no olvido cuando me hacen algo. Ojo por ojo, diente por diente, ¿no crees?
Eso sí era cierto. Waylon tenía un carácter explosivo y vengativo. Nadie sabía con qué iba a salir.
Y en Zuheral, seguro nadie se animaba a ponerle un dedo encima.
Ahora que Mateo se animó a golpearlo primero, Waylon no iba a dejarlo pasar así nomás.
No pude evitar volver a mirar a Mateo. Vi que su camisa negra tenía varias manchas oscuras, seguro de sangre.
Apreté las manos sobre las rodillas y volví a sonreírle a Waylon:
—Seguro hay algún malentendido aquí. Quizá el señor Bernard tomó de más y entonces...
—¡Cállate! —me interrumpió Mateo, molesto.
Volteé enseguida hacia él y me topé con su mirada molesta.
Con la voz seca, me soltó:
—¿Quién te dijo que vinieras? ¡Vete ya!
No me moví. Hasta bajé la mirada para no verlo.
Entonces él se volteó hacia Alan y le ordenó:
—¡Llévatela!
Alan tenía cara de estar entre la espada y la pared:
—Mateo, no seas así, ella...
—¡Vine porque el señor Dupuis me invitó! ¿Por qué me tengo que ir? —le grité de repente, ya harta de su actitud.
La mirada de Mateo se volvió más peligrosa:
—Dilo otra vez...
Me giré hacia Waylon:
—Sé que toda Zuheral está bajo su mando, incluso el edificio donde estamos parados. Así que tengo que asegurarme de si el señor Dupuis me da la bienvenida.
—Por supuesto —respondió él, con una sonrisa de esas que no sabes si creer.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)