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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 377

—Sé que este trato es muy importante para ti y para Mateo. No te preocupes, no voy a dejar que lo pierdan —dije.

Alan me miró con una cara medio rara.

Pero no dijo nada más.

Y claro, ¿qué podía decir?

Siempre nos la llevábamos bien y hasta bromeábamos juntos, pero al final del día, no era mi amigo.

Era amigo de Mateo.

No importa quién tenga la razón, él siempre va a apoyar a Mateo, hablar por él, y poner primero lo que le conviene a su amigo.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que el carro empezara a reducir la velocidad.

Miré por la ventana.

Frente a nosotros había un edificio de lujo, como un palacio de verdad.

Arriba de la puerta, brillaban las letras "Paraíso Celestial" con luces de mil colores.

Relucía tanto que iluminaba el cielo nocturno.

Alan bajó de inmediato y me abrió la puerta.

—Mateo reservó todo el tercer piso. Están ahí adentro, tenemos que subir rápido —me dijo.

Asentí y, aunque me sentía floja, caminé rápido tras él hacia esa entrada dorada que brillaba como el sol.

Alan estaba impaciente y caminaba a toda velocidad. Cada rato se volteaba para apurarme:

—¡Rápido! No sabemos cómo está Mateo ahorita. Hay mucha gente, y él está solo. Por más que sepa pelear, no puede con todos.

—¿Y por qué no trajeron más gente? —le pregunté, bien fría.

Él suspiró:

—Aquí manda Waylon, ¿de qué serviría traer más?

—Pues por lo menos para repartir los golpes. Si hay más, no se los dan todos a los mismos, ¿no? —contesté, seria.

Alan dijo entre risas:

—Tienes una lógica bien especial.

Los dos tenían golpes en la cara, pero ninguno quería renunciar a su orgullo.

El ambiente estaba tenso, como si en un segundo todo pudiera estallar.

Al pasar la puerta, vi a Mateo con esa mirada amenazante, más terrorífica que nunca.

Se volteó hacia Alan, y lo miró, echándole la culpa por haberme traído.

Waylon me miró rápido, luego se echó hacia atrás en su silla y dijo, todo burlón:

—Vaya, llegó la estrella. Traigan una silla para la señorita Cardot, que la veo demasiado pálida. Si se me desmaya me va a doler el alma.

—¡Waylon! —le gritó Mateo, con voz helada.

Waylon le respondió, como si nada:

—Es un chiste, Mateo. Qué sensible eres. Además, ya ni es tu esposa, ¿no? ¿O ahora tampoco puede hablar con nadie? Eso sí es ser mandón, y a las mujeres no les gusta eso, ¿sabías?

Mateo no le contestó. Solo me miraba fijo, con esos ojos clavados en mí.

Un guardaespaldas ya había traído una silla y la puso al otro lado de la mesa de billar.

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