Ese hombre llevaba tapabocas y gorra. Solo se le veían los ojos.
Pero aun así, lo reconocí al instante: ¡era Javier!
¿Pero por qué Javier tenía una mirada tan dura y amenazante?
El corazón me latía con fuerza. Me sostuve del pasamanos, mirándolo con miedo y confusión.
Sin embargo, en los pocos segundos desde que me vio, su mirada cambió por completo. Toda la dureza y el filo se desvanecieron, y en su lugar apareció sorpresa.
—¿Aurora?
Esa voz conocida llegó hasta mí, suave y cálida como siempre, como si ese destello oscuro que vi en sus ojos hubiera sido solo mi imaginación.
—¿Aurora?
Repitió mi nombre y de inmediato empezó a subir las escaleras.
En un momento ya estaba frente a mí.
Lo miré sin decir nada, aún medio aturdida. Por alguna razón, me parecía... inquietante.
—Aurora, sí eres tú —Javier sonrió, y al quitarse la mascarilla, agregó:
—Soy yo, Javier. ¿No me reconociste?
Dije que no en voz baja, con una sonrisa tímida.
Me miró unos segundos, y después, como para justificarse, explicó:
—Hace un rato pensé que unos paparazzi me venían siguiendo, por eso mi mirada fue un poco agresiva. ¿Te asusté?
Entonces lo entendí todo.
Pensó que yo era de la prensa.
Claro, para alguien como él, los paparazzi son un fastidio. Siempre están ahí, buscando cualquier cosa para inventar.
Por eso Javier me había visto con esos ojos.
—Aurora... —Javier se acercó un poco más. Sus ojos, intensos y profundos, no se apartaban de los míos.
De cerca, sus rasgos eran perfectos. Tan cerca de él, sentí que el corazón me daba un brinco. Me eché un poco hacia atrás, buscando espacio.
Vi una sonrisa coqueta en la boca de Javier, y por un segundo, volví a sentirme mareada.
La verdad, si Javier tuviera un lado oscuro, sería de esos que te atrapan sin remedio.
De tan cerca, se veía todavía más impresionante. Las mejillas se me pusieron calientes y aparté la mirada rápido.
Javier me hizo una pregunta entre risas:
—Aurora, ¿a poco sí te asusté?



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