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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 412

Hubo unos segundos de silencio al teléfono, y luego preguntó:

—¿Dónde estás exactamente? Voy a buscarte.

—No hace falta. Yo me haré los exámenes sola —respondí.

Tal vez soné demasiado cortante, porque su tono se volvió aún más agresivo:

—Será mejor que no intentes ninguna estupidez, o... ¡te mato!

Ya había escuchado tantas amenazas, que a estas alturas casi ni me provocaba una reacción.

Indiferente, respondí:

—Entendido.

Y colgué la llamada.

Esa conversación me dejó aún más agobiada. Las dificultades que ya me agobiaban parecían caerme encima una por una.

Javier me miró y preguntó:

—¿Era Mateo?

Asentí y me senté en las escaleras, sintiéndome totalmente perdida.

Javier se sentó a mi lado. Miró la hoja de exámenes en mis manos y dijo:

—¿Ginecología? ¿Mateo te trajo?

Apreté los labios:

—Quiere que le tenga un hijo... pero yo no quiero.

Javier sonrió, y por alguna razón, parecía hasta complacido.

—Si no quieres, entonces no lo hagas. Nadie puede obligarte a eso.

Con una sonrisa de dolor, lo miré. No sabía cómo explicarle todo.

Tras unos segundos, me levanté:

—Voy a hacerme los exámenes. Tú también ve, no te retrases.

Ya estaba, si no podía seguir ocultándolo, lo mejor era confesarle todo a Mateo y así, al menos, evitar el sufrimiento de las pruebas.

Justo cuando me giraba para irme, Javier me tomó del brazo.

Me miró fijo durante un rato y preguntó:

—Aurora, ¿estás en algún problema?

Bajé la mirada, sin responder.

Él continuó:

—Esta es la clínica de un amigo mío. Conozco al director y a los jefes de cada área. Si necesitas ayuda, dímelo. Veré qué puedo hacer por ti.

—¿De Mateo? ¿Cuántos meses?

—Un poco más de dos. No quiero que lo sepa.

Como creía que Javier podía ayudarme, ya no le ocultaba nada.

Pero después de escucharme, él se puso raro. Algo en él había cambiado.

Yo, sin embargo, estaba demasiado angustiada como para notar sus emociones.

Lo miré con esperanza:

—¿Podrías preguntarle a tu amigo? Si no se puede, no pasa nada.

Javier se recargó contra la pared del pasillo. Con las manos en los bolsillos y una pierna doblada, parecía relajado, pero su expresión… no tanto.

Sacó una cajetilla de cigarros, como si fuera a fumar.

Pero después de mirarme un segundo, volvió a guardarla.

Agachó la cabeza, pensativo.

Yo lo observaba en silencio, con el corazón inquieto. Pensé que tal vez lo había puesto en una situación difícil.

—No te preocupes. Si no puedes... —empecé a decir.

—Sí puedo ayudarte —dijo en voz baja, alzando la mirada y sonriendo—. Lo que sea que necesites, Aurora, siempre te voy a ayudar.

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