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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 421

—Esa Camila no va a durar mucho —dijo Javier con un tono indiferente, antes de que pudiera terminar mi pregunta.

—Es una lástima, tan joven y ya tan enferma.

Lo dijo con una calma inquietante, como si hablara de la tragedia de un desconocido, sin que le afectara ni un poquito.

Así que esa mirada suya, que parecía triste de ver a Camila, era porque ya sabía lo de su enfermedad...

¿Se sentía mal por ella?

Fuera como fuera, no se me ocurría otra explicación.

Después de todo, Javier venía del extranjero, era una estrella internacional, criado con todas las comodidades.

Y Camila, en cambio, fue traída del campo por Mateo, una muchacha sin clase.

Fuera del apellido Martínez, no parecía haber nada que los relacionara.

Así que, probablemente, entre ellos, no había nada.

Quizá solo lamentaba que se apagara una vida joven.

—¿Tienes alguna otra pregunta? —preguntó Javier, con una sonrisa amarga.

La verdad, si lo pienso bien, Javier me parecía todavía más difícil de descifrar que Mateo.

Mateo era transparente: si andaba de malas, se le notaba al instante; su humor cambiaba y se le marcaba en la cara.

Pero Javier... a veces parecía cálido y atento, y otras veces podía ser tan distante que una dudaba si había hecho algo mal.

Podía parecer amable, pero también era reservado.

No era de los que dejan que la gente se le acerque fácil al corazón.

Estaba lista para decir que no tenía más preguntas, cuando, de la nada, lo vi tomar otra vez el tazón de sopa y beber.

Miré la sopa atentamente.

Parece que notó mi incomodidad, porque lo bajó y, sonriendo un poco, dijo:

—¿No decías que no querías estar con Mateo? Por eso lo hice, para que él nos viera y pensara mal. Así, capaz y te deja en paz.

¿Eso era?

Como yo seguía dudando, bajó la mirada y sonrió de nuevo:

—Si te molesta, ya no lo hago.

Yo, en cambio, ya había superado todo eso.

Desde que mi familia se vino abajo, aprendí lo cruel que puede ser la gente.

Los insultos y las humillaciones ya no me dolían.

Solo me importaba vivir en paz y tranquila.

Como al día siguiente me iba, aproveché un rato libre y compré el boleto en línea.

Mi vuelo era a las once de la mañana.

Destino: una isla del sur.

Había leído que ahí el clima siempre era templado, con paisajes preciosos. Un buen lugar para empezar de nuevo.

Pensar en ese nuevo comienzo me ponía un poco nerviosa, pero también me daba alegría.

Le conté mis planes a Valerie.

Ella puso cara de tristeza y me reclamó por no esperarla.

Me reí y le dije que solo iba antes a poner todo en orden, que después ella solo tendría que llegar. Así, se le quitó el enojo.

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