Esa luz venía de la puerta principal, abajo.
Pero me acordaba bien de que la noche anterior no había ninguna luz prendida.
Eso solo podía significar dos cosas: o alguien había llegado hoy… o siempre hubo más personas en la villa y solo me estaban ignorando a propósito.
Al darme cuenta de que había alguien en la sala, ya no me importó nada más. Me acerqué de inmediato a la puerta y la golpeé con todas mis fuerzas.
—¡Abran la puerta, déjenme salir, por favor...!
Grité con toda la fuerza que me quedaba, rogando que alguien me escuchara, que me dejaran salir.
Pero no.
Por más que grité hasta quedarme sin voz, no hubo ninguna respuesta.
Me dejé caer al suelo, ya sin fuerzas.
La impotencia y el miedo se apoderaron de mí. Me quedé hecha bolita en el suelo, dejando que la oscuridad me tragara.
No sé cuánto tiempo pasó. Creo que hasta me desmayé en algún momento.
Amaneció.
Pero yo seguía en ese cuarto pequeño, tirada en el suelo… sin que nadie viniera por mí.
Como si estuviera enterrada viva y a nadie le importara.
No podía moverme ni un poco. Ni fuerzas tenía para gritar.
El tiempo se volvía eterno… pero también se me iba volando.
La conciencia iba y venía. Y cuando volví a despertar, era de noche otra vez.
Ya llevaba dos días y dos noches encerrada ahí.
Tenía los labios partidos y secos. Ya ni sentía hambre.
La mente se me nublaba, como si la vida se me escapara poco a poco.
Pensé en mis bebés y, de pronto, me volvió una voluntad enorme de vivir, de esa que te sale del alma.
Con un esfuerzo tremendo, me levanté y empecé a golpear la puerta de nuevo, llorando y gritando, esperando que alguien llegara a salvarme.
Dos días y dos noches.
Si nadie venía pronto… seguro me iba a morir. Y también mis bebés.
No. No podía dejar que algo le pasara a mis bebés.
Lloraba sin control, mientras con mis últimas fuerzas seguía dándole a la puerta.
Y de repente, en ese momento, escuché un sonido casi imperceptible: pasos.
Todo el cuerpo se me tensó. Me puse a escuchar con todas mis ganas.
¿Quién sería?
¿Uno de los guardaespaldas? ¿El que manda aquí?
¿Sería… Mateo?
¡No!
No podía ser Mateo.
Por mucho que me odiara, nunca me había hecho algo así de cruel.
No. No podía ser él...
La cerradura giró otra vez y, con un clic, la puerta se abrió lento.
Me caí de rodillas, sin fuerzas, mirando al hombre que estaba en la puerta.
Y vi que sí... era Mateo.
Él estaba ahí, parado, serio, con una bandeja de comida y agua en la mano.
Viéndome, con una mirada seca, una que yo nunca había visto.
Me apoyé en el suelo, alejándome, con miedo, mirándolo como si no lo conociera.
Lo sabía. Por esos tres años de matrimonio insoportable, por todas las humillaciones… él siempre me había odiado.

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