Siempre fue cruel conmigo. Mateo nunca me trató bien.
Incluso en la cama, parecía más un castigo que otra cosa, pura fuerza y cero cariño.
Pero, muy dentro de mí, yo siempre pensé que nunca llegaría a matarme de verdad.
Hasta ahora.
Porque esta vez… sí sentí que estaba cerca de la muerte. Vi esa mirada, como si de verdad tuviera ganas de matarme.
Esta vez... parecía que de verdad quería acabar conmigo.
Callado, me observó unos segundos, luego apartó la vista y entró al cuarto sin mostrar ni una pizca de emoción.
Me giré como pude para verlo.
Vi cómo puso la comida y el agua sobre la mesa que estaba junto a la ventana. Luego se sentó en una silla, encendió un cigarro y empezó a fumar tan tranquilo.
No volvió a mirarme. Pero, aún así, notaba esa indiferencia en su forma de estar.
En ese momento, me pareció un completo extraño.
Con miedo, lo miré, me lamí mis labios agrietados y le pregunté:
—¿Por qué me encerraste aquí?
La voz me salió débil, áspera.
Lo miré, tratando de entender por qué me castigaba así.
¿Solo porque le mentí?
A veces de verdad no entendía qué sentido tenía tenerme cerca si decía odiarme tanto.
Mateo echó una bocanada de humo y me preguntó:
—¿Tienes sed?
Apreté los labios. La garganta me ardía.
—Aquí hay agua. ¿Quieres? —dijo, sacando un vaso de la bandeja, con un tono casual, como si nada le importara.
Lo miré, quieta.
En ese momento, aunque se veía calmado, daba mucho más miedo que si gritara.
Como no me acercaba, de repente sonrió un poco.
—Parece que no tienes tanta sed.
Y al instante, giró la muñeca y empezó a tirar el agua al suelo.
Desesperada, le dije:
—No... ¡no la botes!
Con su mirada penetrante, respondió:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)