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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 437

—Si pisotear mi dignidad y hacerla trizas es lo que buscas… pues bueno, acepto.

Dicho eso, mis rodillas se doblaron poco a poco, hasta que terminé arrodillada sobre la alfombra, justo enfrente de él.

Lo miré, suplicando:

—Fue mi culpa… no debí tratarte así. Por favor… por favor, dame un poco de agua.

Era la primera vez en mi vida que me arrodillaba ante alguien. La primera vez que suplicaba así.

Con esta humillación, todo lo que sufrí en esos tres años, todo el desprecio, tal vez quedaba saldado, ¿no?

¿Esto no era suficiente para que dejara de odiarme tanto?

Pero entonces… ¿por qué seguía viéndome con esos ojos llenos de rabia?

Mateo me miraba desde arriba, parecía querer aplastarme.

¿Cuánto… cuánto me odiaba en realidad?

Se inclinó despacio. Sus dedos largos levantaron mi barbilla, y aunque estaba sonriendo, su voz fue tan espeluznante que me ericé.

—¿Crees… que con esto basta?

Ya lo sabía. Sabía que ni siquiera arrodillarme sería suficiente para que se calmara.

Miré sus ojos y sentí un dolor amargo en el pecho.

—Entonces dime… —dije con dificultad.

—¿Qué tengo que hacer para que se te pase?

No pude evitar mirar el vaso de agua en su mano. La sed era insoportable.

En ese instante, me sentía como un pez bajo el sol, a punto de morir… y el agua tan cerca, pero tan lejos.

Me dolía todo. Por dentro, por fuera, el estómago…

Tenía miedo de que algo le pasara a mis bebés. Lo agarré del pantalón con fuerza y, con voz ronca, supliqué:

—Tengo… mucha sed… Mateo, no me hagas esto. Te lo ruego… Perdóname. Fui yo la que te falló. Por favor… por favor, ¿puedo solo tomar un poco de agua?

Él se inclinó y me miró. Por un momento, sus ojos, siempre impenetrables, se llenaron de algo que parecía ser tristeza.

Se acercó a mí y, hablando despacio, preguntó:

—¿Tú … en qué crees que me fallaste?

¿En qué le fallé?

—Je… Por eso digo que tú… —me miró como si él fuera un depredador a punto de finiquitar a su presa— no tienes corazón.

Siguió mirándome y, con voz muy seca, preguntó:

—¿Sabes qué es lo que más detesto de ti?

Dije que no, no sabía qué decir.

Parecía que él… odiaba todo de mí.

Me agarró la barbilla y con el pulgar tocó el borde de mis labios. Algo que de otra persona sería tierno, cuando él lo hacía, parecía una sentencia de muerte.

—Lo que más odio es que todo lo que dices… son mentiras.

—Conmigo… nunca fuiste sincera. Ni un sentimiento de verdad, ni una palabra salida del corazón.

Quise defenderme.

Pero frente a esa mirada tan amenazante, me quedé callada.

Porque sí, le mentí muchas veces.

¿Será por eso que ahora me trata así? ¿Porque le mentí?

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