Capítulo 45
La habitación estaba oscura y en silencio. Aparte de mí, no había nadie más.
¿Acaso no habría vuelto Mateo?
Apurada, me bajé de la cama y salí corriendo.
Debido a que mis piernas estaban débiles y medio dormidas, casi me caigo bajando las escaleras.
Doña Godines estaba limpiando el salón y, al verme, me preguntó con urgencia:
-Señorita, ¿ya despertó? ¿Tiene hambre?
¿Quiere algo de comer? Voy a preparárselo.
No tenía apetito, así que le dije que no y le pregunté: -¿Ha vuelto el señor?
-No -respondió doña Godines.
-¿Quiere que le llame, señorita?
-¡No, no! -le dije rápidamente.
Al ver el jardín vacío, me di cuenta de que lo que había pasado era solo un sueño.
Soñé con Mateo, soñé que me humillaba.
El viento de la noche entró por la ventana y me estremecí de frío, solo entonces me di cuenta de que mi ropa estaba empapada en sudor y me sequé el sudor de la cara con la mano.
Me sentí derrotada y comencé a subir por las escaleras. Eran más de las nueve de la noche, y parecía que Mateo no regresaría esa noche.
Cuando volví a mi habitación, me di un baño primero. Sin embargo, seguía sintiéndome mal, el cuerpo me dolía, me sentía pesada y adolorida.
Me di cuenta de que, sin duda, tenía fiebre, así que le pedí a doña Godines que me diera dos pastillas para bajar la fiebre. Después de tragármelas, me quedé dormida casi de inmediato.
Toda la noche, mi conciencia estuvo perdida entre la realidad y los sueños. Tenía la constante sensación de que Mateo había regresado y me estaba observando desde la cama.
Pero eso también parecía un sueño.
No fue hasta el día siguiente a las diez de la mañana que me desperté por completo. Me había llenado de sudor otra vez, y podía sentir
que mi fiebre todavía no había disminuido.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)