Yo tampoco lo negué. Sabía que, si intentaba ocultarlo, solo empeoraría las cosas.
Lo miré de reojo y, con voz tranquila, pregunté:
—Si ya sabías, ¿entonces para qué me trajiste a la ceremonia?
Mateo me sonrió, con sus ojos destilando puro desprecio.
—Te traje solo para que entiendas que, aunque le digas al mundo entero que te tengo encerrada, nadie va a poder salvarte. Lo único que quiero es que entiendas, de una vez, que huir de mí es imposible.
Así que ese era el verdadero motivo.
Me preguntaba por qué, sabiendo que estarían Michael, Javier y Valerie, me permitió salir.
La respuesta era clara: solo quería aplastar mi última esperanza.
Este hombre era cruel, pero su crueldad era silenciosa, sin gritos ni golpes, solo te iba desmoronando la esperanza poco a poco.
Vi cómo sonreía cuando notó la rabia y el odio en mis ojos.
Retrocedió un poco, mirándome:
—Hablen lo que quieran —dijo, despreocupado.
Apreté los puños, mordiéndome la lengua para no gritarle allí mismo.
Valerie notó cómo me puse y, después de una pausa, le habló a Mateo con mucho cuidado:
—Señor Bernard, hay muchos periodistas y gente de prensa preguntando por usted. ¿No quiere ir a atenderlos un momento?
Mateo sacó un cigarrillo y, sin prisa, lo encendió. En él, ese acto cotidiano parecía casi siniestro.
Valerie se quedó mirándolo un segundo, como hipnotizada, y luego volvió en sí.
—De verdad, señor Bernard, lo están buscando todos los medios. Además, lo que hablamos entre chicas no le interesa, ¿verdad?
Mateo exhaló el humo, miró el reloj y sonrió, pero esa sonrisa fue como una daga en mi pecho:
—¿Qué? —Valerie abrió los ojos al máximo, indignada.
—¡¿Encerrada?! ¿Pero qué le pasa a ese tipo? ¡Es un maldito loco!
Le di un par de palmadas, intentando calmarla, y le conté todo: desde que intenté irme al aeropuerto hasta hoy.
Valerie enseguida lo entendió:
—¡Con razón! Ese día dijiste que salías antes, y luego te perdiste del mapa. Jamás imaginé que te había secuestrado. ¡Ese hombre es un monstruo!
Me quedé callada.
A Mateo, todos lo conocían como un empresario exitoso. Pero solo unos pocos sabíamos lo oscura y enferma que era su verdadera personalidad.
Valerie me agarró las manos con fuerza:
—No te preocupes, Aurorita. Yo te voy a ayudar a salir de ahí. ¿No quedamos en mudarnos juntas? No pienses en romper tu promesa ahora, ¿eh?

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