—Todos hablaban de él con desprecio y fastidio —dijo Valerie.
—Seguro que tú también tenías prejuicios en ese momento, por eso dijiste que solo alguien medio enfermito podría fijarse en él.
Me quedé en blanco. ¿En serio dije eso?
No recordaba nada de eso. Ni una imagen, ni una palabra, ni una mirada.
Eso solo probaba que, en mi época de estudiante, Mateo no existía para mí.
—Y, Aurorita, esa ni siquiera fue la peor parte —continuó Valerie—. Lo fuerte fue que, justo cuando dijiste eso, Mateo estaba no muy lejos. ¡Creo que te oyó!
Me sorprendí tanto que me puse nerviosa.
—¿Q-qué crees que escuchó?
—Lo de: “Solo a alguien con una tuerca suelta le gustaría”. Tal cual.
Me quedé boquiabierta.
—¿De verdad fue tanta la coincidencia?
Valerie hizo un puchero y asintió:
—Así mismo. Ni idea cómo apareció a nuestras espaldas, ni ruido hizo. Y la mirada que tenía… oscura, intensa… daba miedo. Todavía la recuerdo. Aurorita, ¿de verdad no tienes ni un recuerdo?
Le respondí confundida.
—Nada, de verdad. Yo ni lo miraba antes.
Valerie se rio un poco:
—Pues yo sí. Me gustan los hombres guapos, y él era demasiado. Así que sí lo veía, aunque fuera un poco.
Después de escucharla, me llevé una mano al pecho, inquieta:
—Dios… ¿entonces ese rencor nació ahí? ¿Crees que por eso me trata así?
—¡Por supuesto! Si alguien me llamara basura, tampoco lo olvidaría nunca.
De repente, Valerie se quedó pensativa.

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