Michael parecía tener todo bajo control al principio, pero ahora, quizá por la espera, su cara ya mostraba impaciencia y furia.
Al oírlo, lejos de ponerme triste, sentí un profundo alivio.
Le respondí, con un tono indiferente:
—Te lo dije desde el principio. A Mateo le gusta Camila, él me odia. En su corazón no hay lugar para mí. Esa foto que mencionas… seguro es de otra muchacha.
Después de todo, yo de verdad no recordaba nada de mi infancia relacionado con Mateo. Así que lo de la foto, seguro era un error.
Michael empezó a reírse:
—No te emociones tanto. Si él no viene, vas a morir tú sola, sin tu amado.
—No importa. Si matándome vas a dejar de sentirte como un fracasado, dale. Mátame.
La verdad es que sí temía por mi vida, muchísimo. Sobre todo ahora que estaba embarazada.
Pero también sabía que mientras más miedo mostrara, más lo disfrutaría él. Más cruel se volvería.
Así que hice todo lo posible por esconder mi miedo, fingir que no me importaba.
Como esperaba, Michael pareció empezar a frustrarse.
Botó una bocanada de humo y me dijo:
—No me importa. Si a las diez no aparece, entonces yo...
—¡No hace falta esperar, aquí me tienes!
Antes de que terminara, una voz implacable sonó desde la puerta.
Mi corazón dio un vuelco. Miré de inmediato hacia la entrada.
Ahí estaba Mateo, parado mientras el sol brillaba detrás de él. Parecía un dios bajando del cielo.
Los guardaespaldas en la puerta lo revisaron al instante. Solo cuando confirmaron que no llevaba armas ni nada raro, lo dejaron entrar.
Mateo se acercó lentamente, imponente, con la cara totalmente seria.
Sus ojos se clavaron en mí con tanta intensidad, que me hicieron temblar.
—¿No querías escaparte de mí? Pues después de hoy, vete. Lo más lejos posible. A un lugar donde no tenga que verte nunca más. Ya me cansé de ti. Me causas rechazo.
No sé por qué, pero sentí que esas palabras no eran sinceras.
Aun así, me dolieron. Como puñaladas directo al corazón.
—¿Crees que por salvarme hoy estaremos a mano? Me humillaste un millón veces. Si no fuera por ti, jamás habría caído en manos de este enfermo. Mateo, no me voy a ningún lado. Te juro que en esta vida... ¡solo vas a librarte de mí en la tumba!
—¿En la tumba?
Mateo repitió en voz baja, como si le hiciera gracia. Luego miró a Michael.
Con voz seria, dijo:
—Hice lo que pediste. Vine solo. Ahora, ¿puedes soltarla?
—¿Soltarla? Je... ¿crees que es tan fácil?
Michael se rio con maldad y, de la nada, sacó un cuchillo y lo puso contra mi cuello...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)