¿No se supone que él siempre me ha odiado?
¿No se supone que quería que me muriera?
¿No decía que solo me veía como un objeto para satisfacerlo?
Entonces, ¿por qué se arrodilla por mí?
Comencé a llorar. Las lágrimas salían, una tras otra, sin detenerse.
A mi alrededor, la risa arrogante y enfermiza de Michael torturaba mis oídos.
Era tan aguda, tan penetrante, que me hacía retumbar los tímpanos y me martillaba el cerebro.
Llorando, le grité a Mateo:
—¡Levántate! ¡Levántate, por favor! ¡No quiero que me salves! ¿Quién te pidió que vinieras? ¡¿Quién te pidió que fingieras preocuparte?! ¡Él no nos va a dejar ir, eres un idiota! ¡Un maldito idiota sin remedio! ¡Todo lo que dice se lo crees! ¡¿Por qué eres tan estúpido?! ¡Vete! ¡Lárgate ya, no quiero verte! ¡Vete… ah…!
Michael volvió a tirar de mi cabello, sin piedad.
Apreté los labios con todas mis fuerzas, sin atreverme a soltar ni un solo quejido de dolor.
Los ojos de Mateo estaban inyectados en sangre. Su voz era la de un hombre al borde de perder el control:
—Ya hice lo que pediste. ¡Suéltala!
—Jejeje… esta mujer dijo que eres un idiota. Y no se equivoca en lo más mínimo.
—De verdad que sí, eres el idiota más grande que he conocido.
Mateo no respondió. Solo lo miró, con esa mirada brutal que le conocía tan bien.
Yo seguía con la cabeza doblada hacia arriba, mirando fijo a Michael.
Y en ese momento me di cuenta de que su cara… ya rozaba lo grotesco de la locura que mostraba.
—Si tienes huevos, mátame de una vez —le dije en voz baja, mirándolo sin miedo.
—Pero usarme para torturarlo… eso es de cobarde.
—¿Cobarde? Tal vez. Pero al menos logré que el todopoderoso Mateo se arrodillara ante mí. ¡Jajajaja! ¿Quién lo diría? Este hombre… en serio te ama—dijo Michael, burlón.
Apreté las manos atadas a mi espalda, con los ojos llenos de lágrimas mientras miraba a Mateo, que seguía arrodillado.
El dolor en mi pecho era tan fuerte que me costaba respirar.
Solo hasta ese momento creí de verdad lo que Michael había dicho.
Que este hombre… en realidad me amaba.
Sí… si no me amara, ¿cómo explicarse que el orgulloso Mateo, que jamás se doblegaba ante nadie, se arrodillara por mí sin dudar?

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