Sonreí.
Aunque tuviera pruebas... ¿Mateo las creería?
—Aurora... —Camila me miraba con los ojos llenos de lágrimas.
—Lola ya está aquí. Dime al menos si es o no la mujer que sedujo a tu papá. Me diste una bofetada de la nada, y ahora me acusas de contratar a alguien para arruinar a tu familia... ¿Qué significa esto?
Su voz estaba llena de falsa inocencia, y ese tonito no podía dar más lástima.
Mateo también me miraba, furioso.
Lo que pensaba era claro: yo era la que estaba montando un drama, yo era la que hacía acusaciones sin fundamento.
Sonreí con amargura. Ya ni ganas tenía de explicarle nada.
Con cara seria, me acerqué un poco a Camila.
Al instante, Mateo se puso delante de ella. Me habló, con una mirada penetrante:
—¿Ya acabaste con tu show?
—¿Yo soy la que está haciendo un show? —me reí, medio burlándome y medio decepcionada.
Mateo se molestó aún más:
—Acusas de la nada a alguien de meterse con tu familia y luego le pegas sin más. ¿Si eso no es un show, entonces qué es?
—¡Ja!
Me reí en su cara y le grité:
—¡Quítate!
Pero Mateo no se movió. Su mirada era cada vez más oscura, como diciéndome que si me atrevía a tocar a Camila, me haría pedazos en ese mismo instante.
Qué ridículo... ¿Este es el hombre que decía amarme?
¡Vete a la mierda con tu supuesto amor!
Como no se apartaba, lo empujé. A propósito presioné donde sabía que tenía la herida.
Hizo un ruido del dolor, pero aun así no se apartó.
Camila lo abrazó de inmediato, alarmada:
—¡Ay, Mateo, estás sangrando otra vez!
Y enseguida me miró, llena de furia:
—¿Cómo puedes ser así? ¡Esa herida se la hizo por ti! ¡Se nota que no lo quieres en lo más mínimo!
Mateo tenía la frente llena de sudor, la cara pálida por el dolor, pero su mirada feroz seguía clavada en mí.
Miré a otro lado, no quería cruzar miradas con él.

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