Al pensar en eso, empecé a imaginar la cara de Mateo cuando se enterara: completamente sorprendido, tan feliz que se quedaría boquiabierto.
Cuanto más lo pensaba, más emocionada me sentía, con una sensación dulce en el pecho.
Me acerqué a él con una sonrisa misteriosa y juguetona:
—Mateo, tengo otra buena noticia que darte.
—¿Sí? —preguntó, mirándome fijamente, sus ojos oscuros llenos de ternura.
Mi corazón dio un pequeño vuelco al ver esa mirada tan cálida.
Por instinto, pasé mis brazos por su cuello, sintiendo cómo mi pecho se llenaba de amor.
Lo miré a los ojos y le dije:
—Estoy...
—¡Mateo...! —una voz interrumpió justo cuando iba a hablar.
La puerta de la habitación se abrió de la nada antes de que pudiera terminar.
Quizás por la ternura del momento, me había subido inconscientemente a sus piernas y aún lo tenía agarrado del cuello.
Ni siquiera tuve tiempo de bajarme cuando esa persona entró en la habitación.
Me molesté por la interrupción.
Volteé y vi que no solo vino Camila, también estaba Sayuri, sentada en su silla de ruedas.
Camila nos miraba con ojos llorosos, mientras Sayuri me observaba con desprecio, como si yo le hubiese hecho algo terrible a su hijo.
Intenté bajarme de encima de Mateo, pero él me agarró fuerte por la cintura para que no me moviera.
Lo fulminé con la mirada:
—Nos están viendo.
—¿Y? —respondió con voz firme y clara, lo suficiente para que todos lo oyeran.
—Es normal que los esposos sean cariñosos. ¿O hay que escondernos?
Apreté los labios, sin saber qué decir.
Cuando él decide ser un sinvergüenza, no hay quien le gane.
Que Camila nos viera así no me importaba tanto, pero el problema era la mirada de Sayuri, fija en mí como si quisiera matarme.

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