Mateo respondió sin levantar la cabeza:
—Bótala.
Me reí un poco y tiré el recipiente en el cubo de basura.
La comida que Camila había traído ni siquiera venía en una caja que conservaba la temperatura, ya estaba completamente fría. Con la gastritis de Mateo, no podía comer eso. Solo se lo mencioné para molestarlo.
Mateo, en cambio, se comió toda la comida que yo le había traído, sin dejar nada.
Temiendo que su estómago no lo aguantara, le advertí que si no podía seguir comiendo, dejara un poco de comida.
Pero él dijo que estaba deliciosa, que al día siguiente quería más comida hecha por mí.
No fue una frase romántica en sí, pero me hizo sonreír de oreja a oreja. Sentí mi corazón derretirse.
Guardé el termo a un lado y me disponía a volver a mi silla cuando, de repente, Mateo me acercó a su pecho.
Por reflejo, me resistí un poco, hasta que lo escuché decir:
—Tenía muchas ganas de abrazarte. Por eso me apuré comiendo.
Me reí:
—¿Así que estabas aguantándote?
—¿Tú qué crees? —Los ojos de Mateo se oscurecieron un poco mientras su mirada bajaba hacia mi escote.
Respiré hondo y lo fulminé con la mirada:
—Realmente es cierto eso de “a barriga llena, corazón contento... y mente cochina”.
Mateo se rio un poco. Me abrazó sin decir nada más, solo mirándome.
Yo también dejé de resistirme. Me acurruqué en su pecho.
La sensación era maravillosa: poder escuchar su corazón latir junto al mío... me daba una paz inmensa.
Pensando en Sayuri, le dije a Mateo:
—Tu madre me detesta. ¿Cómo se supone que resolvamos eso?
Al mencionar el tema, Mateo se molestó.
—Por eso nunca quise presentártela antes. Ya lo sospechaba. Quería hablarle bien de ti primero, hacerle ver tus cualidades, y luego que se conocieran. Pero claramente no funcionó. No importa cuánto le hable bien de ti, tiene un prejuicio muy fuerte contra ti.

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