Mateo guardó silencio unos segundos antes de responder con calma:
—No le prestes atención.
—¿Y si insiste en buscarme?
Mateo volvió a estar en silencio un par de segundos, luego dijo:
—Si te busca problemas, respóndele. No te quedes callada.
—Ja, eso lo dices tú. Pero si después empieza con que le duele aquí, le duele allá, y se pone a fingir que la maltraté, no te vayas a poner de su lado.
—Jamás. —Me miró con ternura, su voz sonaba firme y decidida.
Bajé la mirada, y sin darme cuenta, estaba sonriendo. El corazón me latía de pura felicidad.
Tomé su mano y le dije en voz baja:
—En cuanto al tema de tu mamá, no quiero que tú cargues con todo. Solo con hablarle bien de mí no va a cambiar su opinión, así que yo también tengo que hacer algo.
—¿Ah, sí? —Mateo acarició suavemente mi cabello.
—¿Qué estás planeando?
—Mmm... no te lo voy a decir todavía. Cuando mi plan salga bien, te lo cuento.
—Está bien. —Sonrió, mirándome con tanto cariño que me sentí como si estuviera flotando en un mar de amor.
Me quedé acompañando a Mateo hasta casi la medianoche, y luego volví a casa.
Para mi sorpresa, mi mamá seguía despierta.
Yo había intentado entrar lo más sigilosamente posible: me quité los zapatos en la entrada y caminé en puntillas al cuarto de invitados. Pero justo en ese momento, ella salió de su cuarto.
—Ya es muy tarde. Te calenté algo de cenar, ven y come un poco antes de dormir —dijo mientras iba a la cocina. Cuando volvió, traía un tazón humeante de sopa.
—Hace frío, y volviste de la calle. Traes humedad, toma un poco para calentar el cuerpo.
Al ver sus ojos cansados y apagados, me dolió el pecho.
—¿Por qué no has dormido todavía?
Mi madre suspiró y miró hacia la oscuridad del exterior.
—No pude conciliar el sueño.
Apreté los labios. También me sentía mal por dentro.
De pronto, ella me miró y me dijo:

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