Capítulo 6
Mateo tiró la colilla de su cigarro al piso, y lo apagó de un pisotón.
Y yo me quedé atrapada en sus sensuales y hambrientos besos. En medio de la confusión, mi ropa desapareció, y él me tendió sobre la cama suave y esponjosa...
Cuando sentí ese dolor intenso dentro de mí, espabilé, y una pregunta cruzó mi mente como una estrella fugaz.
¿Qué estaba pasando?
¿No se supone que ya habíamos hecho esto en aquella reunión? ¿Por qué...otra vez?
No tuve tiempo de seguir pensando; mi mente comenzó a apagarse...
No sé cuánto tiempo pasó, solo recuerdo sentir que él parecía no cansarse nunca. Cuando abrí los ojos otra vez, ya era mediodía del día siguiente.
Desde el baño, el sonido del agua se infiltraba en la habitación.
Me senté con dificultad, con el cuerpo aún adolorido, y de repente noté algo en las sábanas:
una mancha de sangre.
-¿Pero...?
¿Cómo era posible? ¿Acaso seguía siendo virgen?
¿Por qué había tanta sangre?
Mi mente comenzó a considerar una posibilidad incómoda, y estaba molesta.
Fue entonces cuando Mateo salió del baño.
Avergonzada, mordí mis labios y le lancé la pregunta que me consumía por dentro:
-En aquella reunión... ¿tú y yo realmente lo hicimos?
-No.
Su respuesta fue tan rápida y seca que casi me dejó sin aire.
-¿Entonces por qué no lo aclaraste esa vez?- pregunté, incrédula.
Mateo me miró con tranquilidad y respondió con desdén:
-Pues, estábamos desnudos y abrazados.
¿Crees que había algo que explicar?
-¡Pero podías decírselo a mi familia y a mí! Si en verdad no pasó nada, mis padres nunca te habrían obligado a casarte conmigo. Así no habrías tenido que...
Mateo se inclinó hacia mí de repente. Aún podía ver la intensidad en sus ojos.
¿Qué tan fuerte debía ser su autocontrol para soportar todo eso mientras me despreciaba en secreto?
Mateo terminó de vestirse y, mientras abrochaba la camisa, me dijo:
-No salgas de aquí, espérame un poco.
Asentí obediente, aún sentada en la cama. Sabía que una amante debía, antes que nada, seguir las instrucciones de su macho.
Lo vi echar una miradita a la mancha de sangre
en la cama.
Sentí cómo mis mejillas empezaron a hervir, y rápidamente jalé la sábana para cubrirla.
Mateo sonrió, y por un segundo, pareció una sonrisa real. Era atractivo, incluso con esa mirada burlona.
En los tres años que estuvimos casados, nunca lo vi sonreír así. Siempre tenía una mirada distante, como si no tuviera emociones. Ahora entendía que todo eso era una máscara.
Apenas se fue, decidí seguir descansando un rato más. Después de todo, lo de anoche había sido agotador, y mis piernas seguían temblorosas.
Pero justo cuando me acosté, mi celular comenzó a sonar.
Al ver quién llamaba, mi fatiga se esfumó.
Me levanté de un salto de la cama y contesté deprisa...

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