Mi mamá se rio un momento mientras yo jalaba a Mateo para que entrara.
—Llegaste justo a tiempo, la comida ya casi está lista.
Luego miró a mi hermano para confirmar:
—Solo falta la sopa, ¿verdad?
—Sí, ustedes vayan comiendo —respondió mientras caminaba de nuevo hacia la cocina.
Mateo todavía traía puesto su abrigo negro.
Era alto, de piernas largas, y ese abrigo le hacía resaltar su figura.
Aunque hoy no había nevado, hacía un frío tremendo.
Se quitó el abrigo y me lo pasó, para saludar a mi mamá con respeto:
—Que gusto verla.
Ella sonrió tanto que casi no podía cerrar la boca y, aun emocionada, lo invito a sentarse a la mesa. Mateo siempre era detallista, no solo vino a acompañarnos, sino que también trajo regalos.
Había uno para mi mamá, otro para mi hermano y otro para la novia de mi hermano.
Como yo le había contado que tal vez por fin iba a venir, él se acordó y le compro algo.
Los regalos eran caros: para mi mamá, un brazalete de jade, verde y translúcido, de esos que a simple vista se nota que valen mucho, para mi hermano, un reloj de una marca muy famosa, de los que cuestan cientos de miles de dólares, y para la novia de mi hermano, un collar fino de diamantes.
Mateo parecía el típico novio que viene por primera vez a conocer a la familia.
Lo curioso era que hasta se veía algo tímido.
Y eso que ya hacía tres años los conocía, pero se comportaba como un pretendiente más.
Al verlo así, mi mamá volvió a sonreír.
Ella intentó devolverle el brazalete:
—Somos familia, con que vengas a vernos es suficiente, no hacía falta gastar tanto dinero en los regalos.
Mi hermano, mientras se ponía el reloj, dijo:
—Mamá, es un regalo, acéptalo.
Luego tomó el collar para su novia y, sonriéndole a Mateo, dijo:
—Te debiste haber gastado un montón de plata, deberías venir más seguido a comer.
Yo lo miré mal y le dije:

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