La voz de Mateo sonaba grave y estable, sin mostrar emociones:
—Entonces dime, ¿qué te hizo él?
No esperaba que Mateo fuera el que contestara la llamada.
Respondí con seriedad:
—No es asunto tuyo, ¿dónde está Alan? ¡Pásamelo!
—¿Que no es asunto mío? —Mateo se rio, molesto.
—¿Mi esposa le habla en ese tono a mi mejor amigo, y tú me dices que no es asunto mío?
Quedé completamente desconcertada.
¡Claro que no era asunto suyo! ¿Y él con qué derecho hacía esos comentarios sarcásticos?
Además, ¿y con qué “tono” le hablé?
¿Y en serio me dijo esposa? Me odia y aun así me llama su esposa, increíble.
Le respondí, furiosa:
—¿Dónde está Alan? ¡Dile que venga de una vez!
—¡Él no puede contestar! —respondió Mateo, con tono seco.
—¿Qué pasa, está paralítico o muerto, que no puede contestar? —dije fastidiada.
—Aurora, cuidado con lo que dices —me advirtió con seriedad.
Ya no tenía nada de paciencia, así que pregunté directamente:
—¿Dónde está? Mándame la dirección.
En cuanto terminé de hablar, Mateo colgó la llamada.
Me quedé mirando la pantalla apagada.
¿Qué significaba eso? ¿Me mandaría la dirección o no?
Justo entonces me llegó un mensaje al teléfono.
Bar Noche Oscura.
Ja, otra vez en un bar. ¿Cómo no se ha muerto Alan de tanto beber?
Cuando Javier salió de la casa esa tarde, me dijo que en el patio había un auto y que las llaves estaban en la entrada.
Fui a ver y había tres llaves.
Agarré una al azar y me subí a una camioneta negra que estaba en el patio.
Seguí el GPS y, después de media hora, llegué al Bar Noche Oscura.

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