Capítulo 9
En ese momento, escuché una voz que jamás podría olvidar a mis espaldas...
Era una voz que no había escuchado en mucho tiempo. Mi corazón comenzó a acelerarse, y una avalancha de recuerdos y congojas inundaron mi mente.
Aquel muchachito con su camisa blanca, llevándome en su bicicleta camino a la primaria.
El mismo muchachito que adoraba explicarme los problemas de matemáticas que siempre me sacaban de quicio.
Era, él, el muchachito que después ya algo crecidos, sabiendo que estaba en mis días, recorría cielo y tierra por traerme chocolates.
Aún recuerdo aquel día en que anunciaron que me casaría con Mateo Bernard, y él, con los ojos enrojecidos, me preguntó si podía rechazar el matrimonio.
Todos esos recuerdos felices, dulces y melancólicos empezaron a volar en una nube de polvo, disipándose poco a poco.
Mi corazón, finalmente, se fue calmando.
Cuando me giré, allí estaba: Michael Bernard.
Los genes de la familia Bernard realmente eran muy buenos. Tanto Mateo como Michael tenían una belleza que atrapaba la mirada. Uno, era frío y eleganteo; el otro, cálido y seductor.
Después de tres años, Michael parecía más maduro. Sus ojos grandes y tiernos, detrás de unas gafas, irradiaban una calidez capaz de derretir hasta a la más fuerte.
-Hace eones que no nos vemos. -dijo acercándose con una sonrisa.
Lo miré con calma y respondí con una leve sonrisa:
-Sí, ya hace mucho.
En el pasado, Michael y yo podíamos hablar sin parar durante horas. Ahora, frente a frente, no sabía qué decirle.
Evidentemente la atmósfera entre nosotros se volvió lentamente incómoda.
Pero para mí era evidente que algunos sentimientos, una vez que se pierden, no pueden
nunca recuperarse. Era claro que nunca podríamos recuperar esa conexión llena de inocencia que en otrora tuvimos.
Valerie miraba a todos lados, y finalmente se rio algo burlón:
-Aurora es una mujer soltera. Michael, deberías aprovechar la oportunidad.
La mirada de Michael se dirigió hacia mí de inmediato. Me puse muy nerviosa. Sus ojos tenían algo, no sé qué era, pero ese algo me erizaba.
Me apresuré y hablé antes de que él pudiera:
-Lo siento mucho dejarlos asi tan de repente, pero de pronto me acorde que tengo algo urgente que hacer en casa.
-¡Aurora! -Michael me agarró la mano rápidamente.
Sus ojos mostraban un dolor profundo, mientras decía:
-¿De verdad... no quieres verme?
Solo imaginar la cara de Mateo me puso los nervios de punta, tanto que no me atreví a contestar.
Esperé hasta que el celular dejó de sonar y rápidamente llamé a doña Godines para confirmar si Mateo había regresado.
Ella me aseguró que él no había vuelto, y finalmente pude respirar aliviada.
Cuando colgué, los ojos de Michael se posaron en mí. Cruzamos miradas, pero no pude descifrar qué pasaba por su mente. Luego, lo vi sonreír, aunque con amargura.
-Ya no estás casada con mi hermano, pero parece que todavía te importa mucho.
Apreté los labios y respondí:
-Lo siento mucho en serio y de corazón
Michael. Pero creo fervientemente que deberías ya olvidarte de mí y sacar de tu cabeza aquel amor que de niños tuvimos.
Quería salir corriendo, me inventé una excusa para ir al baño.
Si sabía que entre nosotros no podía haber nada, lo mejor era no permitir que él tuviera esperanzas.
En este mundo, las deudas más difíciles de pagar son esas del corazón.
Apenas entré al baño le devolví la llamada a Mateo.
No sabía si estaba molesto porque no había contestado antes, pero de solo pensarlo me sentía tensa.

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