Mateo me dedicó una sonrisa, sin decir nada.
El tipo engreído se incomodó, así que me miró y volvió a usarme de excusa.
—Pues esta es mi cita, aunque tiene un poco de…
—¿Cita? —Mateo me miró fijamente.
Yo levanté el pecho y lo dejé mirarme, sin inmutarme.
¿No estaba fingiendo que no me conocía? Pues que no reaccionara tanto cuando escuchó “cita”.
El hombre también se quedó un poco sorprendido, pero creyó que Mateo dudaba de su gusto. Entonces explicó:
—Bah, mis padres solo quieren que me case con una mujer hogareña. La vi con un aire de esposa tradicional y pensé en probar.
—¿Esposa tradicional? —Mateo respondió con una sonrisa rara, que me dio ganas de darle un puñetazo.
El engreído siguió:
—Ella sueña con ser parte de una familia rica, incluso dice que tú la persigues. ¡Mira! Hace un momento hasta se tiró encima de ti, inventando cualquier excusa para relacionarse contigo. Es evidente que su vanidad es enorme, además de que su amiga la influye mal. Así que, por favor, no te lo tomes en serio.
—No me importa —dijo Mateo, tranquilo, con ironía y con un aire noble que parecía innato.
El otro se sintió más seguro. Después de intercambiar un par de frases con Mateo, regresó a mi lado, como si con ello su estatus se elevara. Me miró con más desprecio todavía, irradiando superioridad.
—¿Ves? Esa presencia, esa elegancia… no es algo a lo que una mujer como tú pueda aspirar. Yo soy de lo mejor de mi generación. Si me pierdes a mí, no encontrarás nada mejor.
Yo asentí y volteé hacia Mateo.
—Oye, este caballero dice que si lo dejo ir, nunca encontraré algo mejor. ¿Tú qué opinas?
Mateo se recargó en la silla, tranquilo, y me miró como espectador divertido:
—Fuiste tú la que aceptó la cita, pregúntatelo a ti misma.

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