Cuando dije eso, Mateo se puso molesto.
Era gracioso.
Pensé: “¡Eso te pasa por fingir que no me conoces! Ahora voy a halagar a otro hombre hasta que te hierva la sangre.”
—¿Ves, ves...? —el hombre, en cuanto lo halagué, se llenó de orgullo.
—Así que fíjate, soy un hombre apuesto, tengo un buen trabajo, casa y auto. Si me pierdes a mí, ¿dónde vas a encontrar a un hombre como yo?
—Sí, sí... —asentí, mirándolo con fingida adoración.
—Eres el caballero más elegante y educado que he conocido, mucho mejor que esos hombres que se enojan por cualquier cosa. Dios mío, la mujer que se case contigo será la más feliz del mundo. Eres la definición de príncipe azul, el mejor esposo posible, ¡el mejor hombre del planeta!
El hombre estaba tan eufórico con mis halagos que parecía flotar.
Mientras tanto, la cara de Mateo se había puesto muy seria.
Pero eso no era suficiente.
Yo seguí exagerando:
—Perderte a ti no tendría arreglo, porque eres el mejor hombre del mundo. Vamos, dame tu número. Así podemos hablar más, salir de vez en cuando, compartir nuestras ideas sobre la vida.
Saqué mi celular, dispuesta a agregarlo.
Él, emocionado, sacó también el suyo.
Pero justo en ese momento, una mano fuerte me arrebató el teléfono.
Levanté la vista y vi la cara seria de Mateo, tan tenso que parecía a punto de explotar.
Me burlé, molesta:
—Qué raro este señor. ¿No decía que no me conocía? Entonces, ¿por qué me quita el celular? Devuélvemelo o llamo a la policía para denunciarte por robo.
Los ojos de Mateo ardían de ira, fijos en mí.
El otro hombre abrió la boca, dispuesto a decir algo, pero bastó con una mirada severa de Mateo para dejarlo callado.

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