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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 981

De la nada, recordé que, hace cuatro años, yo apuñalé dos veces a Camila.

Camila quiso demandarme y lo obligó a sacarme de Ruitalia en plena noche.

Entonces, lo que más le da miedo no es que yo mate a Camila, sino que, si lo hiciera, le traería problemas: tendría que deshacerse de mí otra vez, e incluso verme terminar en la cárcel.

¿Es eso?

Mateo me acarició el pelo y dijo en voz baja:

—Ahora ya no quiero pensar en nada ni forzar las cosas. Solo quiero que tú y los niños estén bien conmigo, que estén sanos y salvos. Por eso tengo miedo, de verdad tengo miedo de que a cualquiera de ustedes le pase algo, ¿entiendes?

Cuando lo escuché, no pude evitar sentir un dolor en el pecho.

Lo que dijo, ¿cómo no iba a entenderlo?

Pero mientras Camila no pague por lo que hizo, el odio que siento nunca va a desaparecer.

Me separé de sus brazos, con los ojos rojos, y le dije, furiosa:

—Pero fue Camila la que mató a nuestras madres, y ahora empezó a hacerle daño a Valerie. Si no hago algo, ¿tengo que dejar que se salga con la suya?

—Nunca dije que deba quedar impune —respondió Mateo con voz firme.

Molesta, le respondí de golpe:

—¡Mentira! ¿No eras tú el que siempre decía que le debías la vida y por eso la protegías en todo? Seguro que nunca le vas a hacer nada.

Mateo me miró fijamente y su voz se volvió muy seria:

—Si en serio mi mamá murió por su culpa hace cuatro años, nunca se lo perdonaría.

—Eso lo dijiste tú. Ahora estoy juntando pruebas, así que espera. Si cuando las tenga todavía quieres protegerla, entonces no te vuelvo a hablar en mi vida.

Mateo se molestó y, de la nada, me apretó la mano con fuerza.

Intenté soltarme, pero no pude.

Me miró fijamente y dijo con seriedad:

—Por eso, no vuelvas a usar métodos tan peligrosos con ella. Cuando tengamos todas las pruebas, va a recibir el castigo que merece según la ley. No me importa lo que le pase, solo quiero que tú estés bien, ¿entendiste?

Apreté los labios sin responder.

Él me observó un buen rato y, de repente, sonrió:

—¿Qué pasa? ¿Ahora quieres que te consienta otra vez?

Volteé la cara, fastidiada, y murmuré:

—¡Claro que quiero que me consientas!

¿O qué, siempre tengo que ser yo la que lo consienta a él?

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