El tiempo siempre había sido mi peor enemigo.
A través de la ventanilla de cristal, miraba a una de las pocas personas que realmente importaban para mí: mi hermana menor. Estaba con tubos para mantenerla respirando. Un tratamiento que el seguro no cubría. Cada banco al que apliqué rechazaba mi solicitud de préstamo. Siempre la misma excusa… no podemos ofrecerle este préstamo pues no tiene crédito ni un buen trabajo.
¿Eso en que me dejaba?
Tres semanas para hacer aparecer dinero…
Por recomendación medica, mi hermana debía ser operada en tres semanas, a más tardar, para mantenerla con vida.
Irónico cómo la vida de una persona podía ser equivalente al dinero. Perdida en mis pensamientos, una llamada entró por mi teléfono. Mi abuelo. Lo levanté con sumo cuidado, descolgando la llamada.
—¿Sí?
—Encontré la manera de que puedas conseguir ese medio millón de dólares en menos de tres semanas.
Su voz fue suficiente para llenarme de asombro. Llevé mi mano hacia el cristal para tocar de manera simbólica a mi hermana.
—Abuelo, ¿de dónde conseguiste ese dinero?
—Ese es el problema, yo no puedo, pero tú sí.
Bajé con detenimiento la mano del frío cristal. Miraba las maquinarias tirtilando para dejarme entrever que estaba viva. Sin poder evitarlo apretaba mi teléfono.
—Abuelo, no pienso prostituirme —murmuré, molesta al imaginarlo.
—Katherine, jamás haría eso —aseveró—. Tengo a un conocido que sirvió en las fuerzas armadas conmigo. Su nieto necesita una esposa, tú necesitas dinero. Es la única forma.
Tragué en seco. Mordisqueé mi labio, entendiendo algo: no podía negarme. Para salvar a mi hermana debía vender mi libertad.
—Katherine, ¿aceptarás el matrimonio?
***Tres días después***
El sonido de las cuerdas en el ambiente amenizaba el lugar. Se escuchaban murmullos en la iglesia. Sabía que había empresarios, políticos, personas de la farándula de alto calibre.
Chevalier…
El apellido de quien sería mi futuro esposo. Su apellido era una carga mayor que la decisión que estaba a punto de tomar en el altar. No lo conocía, ni siquiera lo había visto una sola vez. Al aceptar, lo único que llegó a mi casa fue un abogado con un contrato de matrimonio.
Pagaría todo lo de mi hermana. Me “compensaría” monetariamente con doscientos mil dólares ¿Qué pedía el? No podría tener acceso a ninguno de sus bienes. Nada de compartir como pareja.
No hablarle… no podia mirarle… Solo debía quedarme como su esposa durante al menos tres años.
Todas las cláusulas eran un recordatorio de que era un matrimonio de papel.
Al dar los primeros pasos hacia el pasillo de la iglesia, todos se levantaron enseguida. Sonrisas tan actuadas que parecían de novela. Falsas… tan exageradas como un decir que encontraron el santo grial. Escuché murmullos entre los presentes un comentario: “¿En serio se casará con esa tipa?” seguido de risas.
Sí, yo era la elegida… no por gusto, sino por conveniencia.
Él buscaba una esposa que no pidiera más de lo que él le daba. Su abuelo, a quien sí conocí, me acepto satisfecho. En nuestras breves conversaciones dijo que me eligió porque era hermosa, además de que su nieto necesitaba sentar cabeza.
Debía enseñarle a ser un hombre de familia… y quién mejor que ofrecerle eso que la nieta de su buen amigo, aquel que sirvió junto a él por el país.
Mi abuelo, a mi lado, acarició mi mano con suavidad. Era ese gesto silencioso de decir que estaba aquí… apoyándome.
La música comenzó. Para mí era fúnebre. El olor de flores primaverales para mi parecian putrefacto. Cada paso hacia el altar era un recuerdo de que debía dejar cualquier pensamiento de libertad atrás. No derrame ni una lagrima. Lo único que me mantenía cuerda era mi hermana menor, Leila, conectada a la maquinaria que la mantenía con vida, esperándome.
—Katherine, él te amará. Los Chevalier son personas que aman mucho a sus esposas. Sé que serás feliz.
—Sí, abuelo… —murmuré apenas.
Tras varios pasos llegué hasta él. Unos ojos verdosos con ligeros tonos achocolatados. Mirada fría. No había ni siquiera un aire de curiosidad… ni interés… ni atracción.
El sacerdote comenzó a hablar. A través de mi velo, notaba a todos los presentes.
—Oliver Chevalier, ¿acepta usted a…?
—Acepto —disparó.
No dejó ni siquiera que terminara la frase. Su rostro se enderezó. Ni siquiera me miró al aceptar. Una tensión se sintió entre nosotros. Sin poder evitarlo, recordé a mi hermana. Apenas tenía dieciséis… tantas cosas por vivir.
El sacerdote repitió la pregunta. A diferencia de él, yo sí dejé terminar la frase.
—Acepto —susurré cuando finalizó.
En ese momento, mi palabra, que debía parecer alegría, era más que una sentencia: una cadena invisible. Cuando el padre dio la bendición, él llevó sus manos hacia mi velo. Lo levantó sin delicadeza. Nuestros ojos se encontraron por primera vez desde que este matrimonio se había formado. Ya no estaba la barrera de la tela cubriéndome; ahora solo era mi rostro.
Sus ojos, por primera vez, comenzaron a escudriñarme. No había ternura. No había amor…

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