Levantó las manos despacio, sin prisa, sintiendo el frío del cañón contra su nuca como una simple molestia.
—Tranquilo —dijo con voz aburrida, como si no estuviera a punto de morir—. No hace falta que aprietes tanto.
—Cállate y abre tu auto, daremos un paseo a un lugar más discreto donde pueda matarte y tirarte donde nadie te encuentre —cometió el error de responder.
Ese segundo de distracción fue todo lo que necesito.
Con un movimiento fluido giró el cuerpo hacia la derecha, usando el antebrazo para desviar el cañón del arma hacia arriba mientras su mano izquierda atrapaba la muñeca del hombre. Un giro seco, un golpe preciso con el codo en la tráquea y el arma cayó al suelo.
En menos de dos segundos, ya tenía el cañón apuntando a la frente de su atacante, quien jadeaba en el piso con los ojos desorbitados. Definitivamente, no se había esperado este desenlace.
Justo entonces fue cuando sus agentes de seguridad aparecieron corriendo con las armas en alto.
—¡Señor Urdiales! —gritó el primero, jadeando—. ¡Lo sentimos, revisamos el perímetro dos veces y no encontramos nada alarmante!
Ni siquiera los miró. Mantuvo la pistola firme con una sonrisa torcida en los labios.
—Dile a tu jefe —dijo al imbécil que había venido a matarlo— que la próxima vez venga él mismo. Que no sea tan cobarde de mandar a un idiota que ni siquiera sabe sostener bien un arma.
Uno de sus escoltas levantó al hombre, mientras él se giraba al resto de ellos.
—¿Inútiles? —espetó, guardándose el arma en la cintura—. Eso es quedarse corto. Revisaron el perímetro, dicen. ¿Y cómo m****a este payaso llegó hasta mi nuca? ¿Se teletransportó? ¿Entró por el alcantarillado?
—Señor, lo tenemos controlado ahora —dijo uno colocándole las esposas.
—No me interesa «ahora» —los cortó, caminando hacia su auto—. Me interesa que no vuelva a pasar. Encárguense de este. Averigüen quién lo mandó —aunque ya lo sabía— y háganle entender que los mensajes se entregan en persona.
Subió a su auto sin mirar atrás, pero entonces mientras salía del estacionamiento, su teléfono vibró en el bolsillo de su chaqueta.
Era un mensaje de texto de Selene.
No pudo evitar que una sonrisa se formara en sus labios, mientras tamborileaba los dedos sobre el volante.
Sabía que era solo cuestión de tiempo para que se comunicara con él.
[...]
Al día siguiente, la esperaba en el lugar y a la hora acordada. Llegó prácticamente disfrazada: Una gabardina negra, gorra del mismo tono y también gafas oscuras. Su actitud era más paranoica que nunca, miraba hacia todos lados, con visible ansiedad.

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