Ramona sonrió con calma.
—Sí. Hoy fue el primer día, estuve viendo los procesos y se me fue la hora.
Sania buscó tema por buscar.
—¿Tú manejas?
—No. Acabo de volver y todavía tengo que sacar la licencia de aquí.
Sania asintió. Por suerte, el elevador ya había llegado al primer piso.
—Bueno, yo ya me voy. Nos vemos mañana.
—Nos vemos mañana —respondió Ramona, tranquila.
Sania vio el Bentley estacionado afuera y notó que Iván estaba parado fuera del carro, esperándola.
Corrió hacia él y le pellizcó suave la orejita.
—¿Por qué no te quedaste adentro?
—Je, je… es que ya no aguantaba.
—Perfecto. Mejor nos vamos caminando, queda cerca.
Sania lo llevó a la tiendita a la que ya habían ido tres veces y compró de jalón tres pasadores.
—Iván, no los regales todos de una. Mejor dáselos por partes.
Pero Iván se puso bien seguro de sí mismo.
—¿Por qué? Evaldo dijo que si eres tacaño no consigues esposa.
Sania se sostuvo la frente. Ni idea de qué cosas le andaba enseñando Evaldo al niño.
Se le torció la boca.
—Je… bueno. Entonces hazle caso a Evaldo.
En el carro, Iván tomó un montón de agua. De pronto empezó a moverse incómodo.
—Sani… me quiero hacer pipí.
Sania lo vio, con la cara roja del apuro, y lo llevó al baño.
—¿Puedes entrar tú solito?
Iván ya tenía seis; meterlo al baño de mujeres no era lo ideal.
Iván sacó pecho.
—¡Claro!
Sania se volteó para contestar una llamada del trabajo.
Cuando Iván salió, vio la espalda de Sania. Iba a correr hacia ella, pero una figura que pasó rápido por enfrente le jaló toda la atención.
—Mamá…
Sin pensarlo, salió corriendo.

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