Al salir del trabajo, Sania quiso ir de compras. Le faltaban algunos accesorios.
—Hola, ¿me puede sacar estos aretes para verlos?
—Claro, señora.
La vendedora se desvivió.
—Señora, estos aretes en gota le quedan perfectos. Sirven para cualquier ocasión. ¿Se los llevo?
—Creo que estos te quedan mejor —dijo Ramona sonriendo, señalando otro par en la charola.
—¿Ramona? —Sania se sorprendió—. Qué coincidencia. No pensé verte aquí.
—Sí, vine a ver cosas para la boda —respondió Ramona.
A Sania le pareció todavía más coincidencia.
—Yo también. Me voy a probar los que dices.
Y sí: a veces, tener a alguien que te aconseje era más importante que cualquier cosa. Los que Ramona le recomendó servían para más ocasiones y se veían elegantes.
Sania no dudó.
—Gracias. Me los llevo, por favor.
Luego miró a Ramona.
—Gracias, en serio. Qué bueno que te encontré. ¿Te parece si seguimos viendo cosas juntas? Tú compras y yo te acompaño.
Ramona no se negó.
Con su educación más occidental, fuera del trabajo no sentía esa tensión automática con su jefa.
Después de la oficina, eran iguales.
Ramona se enamoró de un par de relojes para pareja. Sania no pudo evitar sentir envidia.
—Qué linda eres con tu novio.
Ramona sonrió.
—Él es más lindo conmigo. Lo bonito es de los dos.
Al final, Ramona pagó con tarjeta.
Salieron de la tienda y, ya camino al estacionamiento, Sania notó que la cara de Ramona cambió.
La vio pálida.
—¿Qué pasa?
Ramona apretó la mano y se quedó mirando fijo a una pareja abrazada a lo lejos. Respiró hondo.
—Sra. Belte… ¿me hace un favor y me sostiene las bolsas? Tengo que arreglar algo.
Sania se quedó un momento en blanco. Estiró la mano.
—Sí, claro.
Ramona sonrió apenas, y con su vestido rojo caminó directo hacia ellos.
Sania apretó los labios y la siguió con la mirada, notando por fin a la pareja.
En el pecho se le encendió una mala sensación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado