Sania empujó a Evaldo. La voz le salió con una dulzura que ni ella notó.
—¿Quién dijo que quiero seguir?
—Ajá —Evaldo dio un paso atrás, metió una mano al bolsillo y sonrió—. La señora Camoso sí que me usa y luego me manda al diablo.
Sania volteó la cara y no lo negó.
Porque no tenía cómo negarlo.
La mirada del hombre se le puso dura, sin una pizca de broma. La voz ya no traía la burla de antes.
—¿Así de asustada estás de que Marco se entere?
—No. —Sania respondió sin dudar.
—Solo que no estoy lista para hacerlo público ahora. Él se casa pronto. En la boda, le voy a dar un “regalo” grande.
Para la boda de Marco faltaba menos de una semana.
Evaldo no dijo nada. Entrecerró los ojos, como si no le importara, pero aun así sentía que esa mujer todavía tenía sentimientos por Marco.
Marco regresó al privado. Ya no tenía ganas de seguir tomando.
Se colgó el saco del brazo.
—Ya me voy. Diviértanse.
—Je, Marco se va a casa a ver a la esposa, ¿no?
La mirada de Marco se movió apenas. De pronto sintió que lo que acababa de hacer no era justo para Noa.
Le llamó.
—¿Ya te dormiste?
Noa se escuchó emocionada.
—¡No, Marco! ¡No me he dormido!
—Te llevo algo para cenar. Espérame. En una hora llego a tu casa.
Noa retorció con los dedos la sábana. Las mejillas se le calentaron.
—Está bien. Te espero.
Quizá antes solo eran ideas suyas. Después de la boda, estaba segura de que ese hombre solo la miraría a ella.
Sania o cualquier otra mujer… no eran más que reemplazos.
-


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado