Tenía los ojos cerrados, la cara deslavada y el ceño apretado, como si el dolor no le diera tregua ni dormida.
Evaldo pensó en el mensaje de hacía no mucho, cuando ella había dicho que ya estaba de vuelta en el hotel y que se iba a dormir.
Y ahí estaba, hecha un hilo, como de cristal: con nada se iba a desbaratar.
La angustia que le venía atorando el pecho por fin fue reemplazada por pura preocupación.
No dijo nada. Miró la bolsa del suero: todavía quedaba como media. Alzó la mano y le rozó el entrecejo con la yema de los dedos, como si así pudiera bajarle el dolor.
Sania no estaba dormida del todo y ese frío repentino la despertó.
Abrió los ojos de golpe. Parpadeó, como si no pudiera creer que el hombre frente a ella fuera Evaldo.
—Duerme. Yo me quedo aquí.
La voz le salió con un toque de frialdad, pero en la mirada se le notaba la preocupación.
Sania intentó decir algo, pero al final solo volvió a cerrar los ojos.
Tan a la defensiva como era, ni ella misma se dio cuenta de que, en ese instante, estaba confiando en Evaldo.
Esa voz grave y suave soltó un suspiro leve.
—Sani… ¿cuándo voy a ser tu primera opción?
Sania quiso abrir los ojos, pero no pudo. Y terminó cayendo en un sueño pesado.
Cuando despertó de nuevo, ya era al día siguiente.
Miró alrededor: parecía que la habían cambiado de la sala común de observación a una habitación individual, silenciosa.
De pronto se abrió la puerta. Evaldo entró con comida en la mano.
—¿Ya despertaste? —su expresión era neutra—. Compré caldo. El doctor dijo que estos días solo puedes comer cosas ligeras, puro líquido.
—Nada de picante ni mariscos por ahora.
—Y café tampoco.
Recordaba que Sania se tomaba varias tazas al día.
—El café te cae pesado al estómago. Lo dijo el doctor.
Sania sonrió con amargura.
—Ya entendí.
—Gracias… Yo pensé que estaba soñando. Entonces ayer sí eras tú.
Antes de dormirse, Sania lo había visto borroso y no le dio vueltas. Se durmió.
Pero él estaba en otro lado… ¿cómo iba a aparecer así, de la nada, en una habitación de hospital?

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