Cuando Ramona salió de su casa, por fin sintió que aflojaba un poco el nudo en el pecho.
Roque le abrió la puerta del carro. —Todavía es temprano. Vamos a tu departamento por tus cosas.
¿Mudanza?
Ramona aún no se sentía del todo lista. ¿Tan rápido iban a vivir juntos?
Pero al pensar en su hijo, en esa carita redondita y adorable, asintió. —Sí… bueno. Entonces te lo agradezco.
—No tienes que agradecerme. Ramona, conmigo no hace falta tanta formalidad.
Roque manejó hasta su departamentito de cien metros.
Tenía una decoración en tonos crema, todo limpio y ordenado. Al poco rato, Ramona salió empujando una maleta pequeña.
Roque alzó una ceja. —¿Eso es todo?
Ramona asintió. —Lo demás está en casa de mis papás. Aquí solo tenía ropa de temporada.
En su momento, se había ido por lo de la ruptura con Bruno, así que no se llevó tantas cosas.
—Bueno. Vámonos.
Bajaron juntos. Ramona seguía con el corazón inquieto.
Varias veces quiso preguntar si podía dormir con Iván, pero le daba miedo sonar demasiado obvia. Roque era demasiado listo; si ella preguntaba eso, ¿y si se daba cuenta de que ella sabía que Iván era su hijo?
Roque, como si lo viera todo, notó el brillo nervioso en los ojos de ella, sonrió apenas y no la delató.
Cuando llegaron a la casa familiar, ya casi eran las diez.
A esa hora, Iván ya estaba dormido.
Roque le fue explicando. —En la planta baja está el cuarto de mi papá y la sala con el comedor. En el segundo piso, del lado izquierdo, está el cuarto de Iván, su estudio chiquito y su cuarto de juguetes. Del lado derecho está mi estudio, mi habitación y el vestidor.
—El tercer piso es donde se quedan mi hermano y los suyos cuando vienen. No siempre están.
Roque empujó la maleta y, como si fuera lo más natural del mundo, la metió al vestidor.
—El baño está en la recámara. ¿Te bañas primero? —dijo con esa voz fría de siempre, pero lenta, como midiendo el efecto.
el abdomen marcado, como si tuviera escudos.
Debajo del traje impecable, Roque sí se ejercitaba.
Ramona no era precisamente una monja, pero aun así sintió que se le calentaban las orejas.
—Ya terminé. Mis cosas de cuidado de la piel… ¿las puedo dejar aquí?
Roque no contestó al instante. Sus ojos se quedaron prendidos en los de ella y la comisura de su boca se levantó apenas. —Te lo compré para ti. Claro que sí.
—Ve a bañarte. Yo te espero.
Ese “yo te espero” le cayó a Ramona como un trueno.
¿A qué se refería con “te espero”? ¿Quería decir… lo que ella estaba pensando?
Ramona entró al baño rígida, con la pijama en la mano, sin atreverse a sostenerle la mirada ni un segundo más.
Se tardó una hora y media a propósito, con la esperanza de que él ya estuviera dormido cuando saliera.

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