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¡Oops! Casada con el chico equivocado romance Capítulo 348

Iván se la pasaba pegado a su mamá preguntándole:

—Mamá, ¿cuándo me vas a dar una hermanita?

Frente a esos ojos grandes e inocentes, Ramona no sabía cómo contestarle.

—Iván, ¿qué, en la escuela te están dejando poca tarea? Le voy a decir a la maestra que te ponga un poquito más.

Iván frunció la boca al instante.

—Ya me voy a hacer la tarea.

Luego se volteó con voz suave:

—Mamá, yo sí me porto bien… dile a papá que no me regañe tanto.

A Ramona le encantó oír eso. Alzó la mirada hacia Roque.

—Iván se porta bien, y apenas va en primero de primaria. No hace falta tanta tarea.

De verdad sentía que el sistema era demasiado pesado: apenas empezaban y ya les pedían muchísimo.

Roque miró a su hijo con frialdad, como si con los ojos le dijera: «Aunque tengas apoyo, igual te pongo en tu lugar».

Iván no se atrevió a quedarse más. Con su cuerpito redondito, se fue rapidísimo a su cuarto.

Cuando el niño se fue, Roque habló con calma.

—Ese changuito es listo. A veces es bien travieso, se hace el inocente, pero sabe perfecto lo que hace. Si vuelve a preguntar cosas así, no le sigas el juego.

Ramona estaba atónita.

—Tranquila. Aunque no le sigas el juego, igual te va a querer.

Ramona recordó la pregunta de su hijo y, de golpe, se le calentaron las orejas.

—Bueno… me voy a lavar los dientes.

Roque entrecerró los ojos y la comisura de sus labios se levantó apenas.

Todavía unos días más. Su esposa tenía que adaptarse; no podía apurarla.

Ahora Ramona, por las noches, se esforzaba por meterse a la cama antes que Roque. Y cuando él se acostaba, aunque ella no estuviera dormida, se hacía la dormida.

Le daba miedo que él sacara el tema de tener otro bebé.

En ese momento, lo que sentía por Roque era apenas un poquito de simpatía, nada como para querer tener hijos con él.

Al ver que su hijo se preocupaba por ella, a Ramona se le ablandó el corazón.

¿Cómo podía existir un angelito tan adorable?

—Está bien. Bye. Mamá se va a trabajar.

Ramona lo miró hasta que ya no se distinguió su figura. Entonces volvió al coche y manejó a la empresa.

Detrás de ella, un auto blanco la siguió.

El coche de Ramona se estacionó en el sótano.

Como todos los días dejaba al niño, Ramona llegaba temprano.

Entraban a las nueve y media; ella casi siempre llegaba una hora antes. En ese edificio, la mayoría entraba entre nueve y media y diez.

Así que Ramona se ahorraba el sufrimiento de ir apretada en el elevador con todo el mundo, y eso estaba bien.

Tres pisos del edificio eran de su empresa. Ella apretó el 26.

Por costumbre, sacó el celular. En su casa le habían pedido a la maestra que también la metiera al grupo del salón de Iván.

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