Después de todo ese lío, Sania durmió hasta casi el mediodía.
Al despertar, vio varias llamadas perdidas de Tatiana y le devolvió la llamada.
—Taty, ¿me buscabas?
—Sani, ¿estás en casa? Voy a llevarte la invitación.
—Me caso a fin de mes.
Sania sonrió.
—Sí, aquí estoy, ¿a dónde más voy a ir? Ven. De paso te llevas tu regalo de boda.
Sania había mandado comprarle a Tatiana un collar en una subasta.
Era un regalo de bodas que le había preparado desde hacía mucho.
Cuando Tatiana llegó y vio el collar, que valía una fortuna, se conmovió tanto que casi lloró.
—Mi vida… ¡eres demasiado buena conmigo!
Sania se lo explicó con calma.
—Como dijiste que tu vestido iba en tonos azules, compré un collar que le combina, para que lo uses ese día.
—No es que sea “lo más caro del mundo”, pero es una última pieza de un diseñador italiano, ya no hay más. Me pareció especial y por eso lo compré.
—¿Te gusta?
—¡Me encanta! ¡Me encanta muchísimo! Teodoro, ese tronco, no me ha regalado nada.
—Sani, si en la próxima vida yo fuera hombre, me casaba contigo. No le dejaba oportunidad a nadie.
Sania se rio, picándola.
—Teodoro no debe ser tan tacaño. ¿No dijo Evaldo la otra vez que tu dote… era una casa?
—Una cosa es la dote y otra el regalo de boda. No es lo mismo.
—Además, nosotros nomás somos roomies. Él y yo no tenemos esa relación que tú piensas.
Sania estaba atónita.
—No seas necia. Ya te vas a casar, llévense bien.
Tatiana sacó la lengua.
—Ya sé.
—Ah, por cierto, Sani. Ayer escuché a mi abuelo decir que Marco se va a la sede de Europa a encargarse de asuntos en el extranjero, y no sabe cuándo vuelve.
—Se va del país.
Sania se quedó quieta un instante, pero enseguida recuperó la calma.
—Está bien. Ya lo sé.
Tatiana apretó los labios.
—Él fue el que no supo valorarte. Se lo merece.
—Ya, no hablemos de eso, qué flojera. Oye, hoy el Sr. Camoso estuvo demasiado genial. Traía la boca como con veneno, qué duro.
Sania no sabía nada de lo de las tendencias.
Levantó una ceja.
—¿Qué dijo ahora?
[Está bien.]
Ramona le marcó al reloj con llamada de Iván. Cuando Iván escuchó que iban a viajar a Cristalina, se puso feliz como loco.
Ese día salía a las tres de la escuela, así que dijo que llegando se ponía a hacer maleta.
—¡Voy a llevar mi maletita! Esto, esto también… ¡me llevo la ropa igualita a la de mamá, para salir combinados!
Empacó con todas las ganas del mundo, sin saber que Roque ni siquiera le había comprado boleto.
Roque pasó personalmente por Ramona en el carro. Ella notó que no iban hacia la casa familiar.
Preguntó, confundida:
—¿No vamos a pasar por las maletas?
Roque, muy serio, respondió:
—Ya están listas. En la cajuela.
Ramona traía identificación encima, así que los dos se fueron directo al aeropuerto.
Ya en el aeropuerto, a ella se le ocurrió preguntar:
—¿Y Iván? ¿El chofer lo trae?
Roque asintió.
—Sí. Vamos pasando seguridad primero.
Ramona sintió que algo no cuadraba. Y cuando ya estaba con los boletos en la sala VIP, Roque por fin lo dijo sin rodeos:
—Iván no va. Vamos tú y yo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado