Ramona se quedó sin palabras.
—¿No crees que eso está medio mal?
—Ya le dijimos a Iván que lo íbamos a llevar.
Roque curvó apenas los labios.
—Estorba un poco. Que vaya un día después.
Eso de “estorba” sonaba demasiado ambiguo.
¿O sea que todavía estaba resentido por lo de aquella noche, cuando el niño los interrumpió?
Ramona quiso salir corriendo, pero faltaba cada vez menos para abordar; aunque quisiera, ya no podía escaparse.
Y Roque ni de chiste le iba a dar chance. Estiró el brazo, la rodeó con fuerza por la cintura y la fue guiando hacia la puerta de embarque.
—Vamos. Ya nos toca subir.
En la casa, el niño sintió que se le venía el mundo encima.
—¡Abuelo! ¡Mi papá es bien malo, se está llevando a mi mamá!
—¡No me importa, yo también voy! ¡Abuelo, cómprame un boleto, quiero ir a buscar a mi mamá!
A Sandro se le tensó la boca.
Él pensaba que el único “canijo” de sus hijos era Evaldo. No se imaginó que el mayor también podía ser así de… tremendo.
Qué se sentía criar a dos así, no lo podía ni explicar.
Sandro lo calmó con voz suave:
—Iván, pórtate bien. Tu papá y tu mamá ni luna de miel han tenido.
—Tu papá dijo que mañana en la tarde manda a alguien por ti. Yo mismo te llevo al avión. Va a ir alguien contigo, ¿sí?
—No quiero. Yo quiero irme hoy en la noche.
Iván se soltó a llorar.
—¡Mi papá es bien malo, nomás me anda molestando!
Y, furioso, remató:
—¡Mañana le voy a decir a mi mamá para que lo mande a volar!
...
En una habitación de hotel de lujo frente al mar.
Tras una pared completa de ventanales, el mar se veía de un azul profundo.
Había que admitirlo: el paisaje era una belleza.
La brisa suave le movía el cabello a Ramona. Ella estaba recostada en una silla larga, disfrutando esa calma.
Si pudiera, no volvería al cuarto en toda la noche.
—¿Quieres bajar a nadar?
Ramona negó con la cabeza.
—De noche no es seguro. Mejor no.
A Roque se le oscureció la mirada.
—Yo nado contigo.
A Ramona le dio un poco de ganas.
—¿Sí se puede?
—Claro. De chico gané un campeonato juvenil de natación.
...
Entonces sí era bueno de verdad.
Cuando salieron, Roque preguntó, apurado:
—¿Estás bien?
—Sí… —Ramona se agarró la pantorrilla—. Nada más se me acalambró.
—Menos mal. No fue fuerte.
Roque se agachó junto a su pierna y se puso a masajearle con toda la atención del mundo.
—¿Ya? —su voz sonó suave, casi como una caricia.
—Ajá. —Ramona sintió cómo se le calentaban las mejillas.
La tela era poca.
La piel clara, como de porcelana.
Roque no era de piedra.
Le tomó el rostro con ambas manos y la besó, despacio.
La mano de Ramona, sin darse cuenta, se apoyó en su hombro, y su cuerpo se le fue acercando solo.
Roque profundizó el beso, como si no le alcanzara.
De los ojos a la punta de la nariz, y luego a la mandíbula.
El cuello largo… y siguió bajando.
Ramona soltó un suspiro asustado.
—No… aquí afuera no.
En los oídos de él, eso sonó como la tentación más peligrosa.
Roque rio bajito.
—Va. Mi amor, nos vamos al cuarto y allá seguimos.

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