Si lo hubiera guionado, quizás y no le salía tan bien, estaba eufórico, esperanzado, Alexander estaba tranquilo, mientras que Sofia estaba aturdida, incapaz de decir o hacer algo.
— ¿Estas bien Sofia? Estas un poco pálida. — consulto como si fuesen grandes amigos de toda la vida, y como si no le hubiese dado en toda la cara con un par de carpetas segundos antes, quien hasta ese momento era su jefe.
— Usted, ¿estuvo bebiendo? — se atrevió a preguntar y mientras que Alexander la depositaba en un sofá de la oficina, ella olisqueó cerca de su cuello, sin atreverse a ir más cerca de su boca.
— No estoy ebrio, no bebo en horas de trabajo, solo estoy… tranquilo. — reconoció sonriendo, como cada vez que firmaba un buen contrato.
— Señor Thompson, no sé qué fue lo que sucedió, pero por si aún no se da cuenta, le acaba de decir a un periodista que somos novios, peor aún, lo dejo salir con las fotos y seguro que también filmo, el momento en el que me tomo en brazos, eso no es bueno…
— Eso es justo lo que necesito. — y cuando lo dijo, Alexander comprendió que estaba siendo egoísta, era tanta su desesperación por encontrar una solución que no había tomado en cuenta lo que Sofia pudiera pensar, o mejor dicho si le traería algún problema, pero viéndolo en una perspectiva más amplia, como siempre lo hacía el CEO, era un ganar o ganar, era un buen negocio. — Mejor dicho, es un gran negocio que nos salvara a ambos. — Sofia parpadeo repetidamente, quizás el hambre que cargaba por solo beber café desde hacía dos días, al fin la estaba haciendo alucinar.
— Señor Thompson… no comprendo de lo que habla. — se arriesgó a decir y fiel a su empleo, se puso de pie para recoger las carpetas que estaban en el piso, después de todo, ella era la secretaria del señor Thompson.
— Por cierto. — dijo Alexander al ver como recogía las carpetas. — No estas herida ¿verdad? no fue mi intención golpearte, ni siquiera sabía que aun estabas aquí. — aclaró al recordar el motivo por el que tenía en brazos a la joven cuando el bendito periodista apareció.
— No se preocupe, las carpetas, son de tapa blanda y escasas hojas, y creo que se le olvido que jamás me he ido antes que usted. — comento la rubia dejando las carpetas sobre el escritorio. — Soy su secretaria señor Thompson, es mi deber ayudarlo, hasta que usted no se marcha, yo tampoco. — un pequeño destello de culpabilidad llego al CEO, era consiente que él siempre era el último en irse, más luego del divorcio, odiaba llegar a su mansión y escuchar a su madre, hermana y tratar de explicarle a su hijo lo que sucedía con Lucrecia.


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