—Buenas noches, señorita. ¿Tiene reserva? —le preguntó la camarera de la entrada.
Delfina se comunicaba en lenguaje de señas y la camarera no sabía qué hacer. Asique ella se asomó, tratando de localizar a Santiago.
—¡Señorita Delfina, por aquí! —Una voz clara y nítida provenía de una mesa junto a las ventanas, y era Gloria que agitaba la mano hacia ella. Llevaba un vestido amarillo pálido con el pelo suelto sobre los hombros, y su sonrisa era refrescante y cálida.
Delfina sintió que su corazón se desplomaba, y el agarre de su bolso se apretó sin que se diera cuenta. La mesa estaba junto a la ventana, y la vista de fuera eran las brillantes luces de la ciudad.
―«¿Qué haces aquí?»
—Santiago está haciendo una llamada allí mismo —explicó Gloria, señalando el comedor exterior.
A través de las ventanas francesas, Delfina vio su alta figura de espaldas al restaurante mientras hablaba por teléfono, y una mirada complicada apareció en sus ojos.
—¿Qué quiere comer, señorita Delfina? Nosotros hemos pedido antes, pero usted también debería echar un vistazo al menú —dijo la joven, acercándoselo. Delfina apenas pudo leerlo cuando Gloria añadió—: ¿Por qué no prueba esto, señorita Delfina? Creo que no está mal, y este postre también. Yo pedí uno antes. ¿Quiere uno también?
Delfina se quedó congelada un momento y decidió dejar de hojear el menú, apartándolo.
―«Decide tú».
—Espero que no le importe que me una a ustedes para cenar.
Curvando el borde de sus labios, Delfina forzó una sonrisa.
―«No me importa. De todos modos, estamos aquí para hablar de trabajo».
—En realidad, esta noche sólo iban a cenar ustedes, pero pregunté si podía unirme cuando saliéramos del trabajo, y Santiago accedió.
Entrecerrando los ojos, Delfina pudo sentir un rastro de presión.
—En un matrimonio por negocios como el suyo, en realidad tienen ninguna relación de la que hablar aparte de los negocios, ¿verdad?
―«¿Qué intentas de decir?»
—No me malinterprete. No me interesa el título de señora Echegaray, así que no tiene que preocuparte por mí, no soy una amenaza. Sin embargo, no me iré del lado de Santiago en esta vida. Nos conocemos desde hace diez años.
Al instante, Delfina se clavó las uñas en las palmas de las manos. «Diez años...» repitió en su cabeza. «Santiago ya conocía a esta chica hace diez años. ¿Qué edad tenía entonces?»
―«¿Cuál es tu relación con él?» ―preguntó Delfina.
Riendo, Gloria miró por encima de los hombros de la mujer y dijo:
—¿Has terminado con la llamada? Acabamos de pedir la comida con la señorita Delfina.
El cristal de la ventanilla reflejaba la figura de Santiago, que se acercó por detrás suyo y, con toda naturalidad, se deslizó en un asiento junto a Gloria sin dudarlo. En comparación, Delfina era la que parecía que sobraba.
—¿De qué estaban hablando? Parecen muy exaltadas.
—La señorita Delfina acaba de preguntarme cuál es nuestra relación, pero has vuelto antes de que pudiera responderle.
Al oír eso, Santiago miró a Delfina y dijo:
—Antes no parecías una persona tan curiosa.
Delfina se sobresaltó y Gloria se apresuró a decir:
—Sólo preguntaba casualmente. ¿Por qué eres así? Es un poco aterrador.
Los músculos de la cara de Santiago se relajaron y cambió de tema.
—¿Cómo van las cosas con Farmacéutica Murillo? —Delfina lanzó una mirada a Gloria, y él explicó con calma—: Está bien. Gloria no es una intrusa. Puedes hablar tranquila.
Sus palabras enviaron una oleada de celos sobre el pecho de Delfina, dejándola desolada. Por otro lado, Gloria se limitó a reírse.
—No me interesan lo más mínimo sus asuntos. Pueden hablar mientras yo voy al lavabo.
Delfina le pasó un documento a Santiago.
―«Tal y como esperabas, Farmacéutica Murillo se encuentra en una crisis financiera tras caer en desgracia con Inversiones Pacífico Ahora, necesitan financiación urgente, y Gerardo quiere que te pida ayuda. Como parte del trato, solicité acceso a las cuentas originales, y ya he revisado una parte».
—La situación financiera de Farmacéutica Murillo es peor de lo que imaginaba.
―«¿Qué piensas hacer?»

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