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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 1046

Las explicaciones de Elena eran extremadamente directas y concisas, yendo directo a la raíz del problema.

A Diana Carmona le costaba un poco seguirle el ritmo, su cerebro trabajando a marchas forzadas.

Cuando Elena terminó su breve cátedra, Diana levantó la mano tímidamente.

—Elena, todavía tengo un par de dudas.

Le planteó dos preguntas específicas sobre una de las fórmulas.

Elena frunció el ceño con ligera impaciencia.

—Las respuestas a esas preguntas están literalmente en el libro. Si me limito a leerte lo que ya está escrito en la página, solo estamos perdiendo el tiempo de ambas.

Diana sintió un balde de agua fría. En ese instante comprendió que los genios no siempre eran los mejores maestros para los mortales.

Le recordó a una entrevista de un famoso matemático que había dicho alguna vez: '¿El cálculo diferencial es difícil? Yo creía que era algo que cualquier estudiante de preparatoria dominaba'.

Mireya Arizmendi, que había estado anotando frenéticamente, levantó la vista y se dirigió a Diana.

—No te preocupes. En cuanto pase mis notas en limpio, te las comparto para que puedas guiarte.

A Diana no le hizo ninguna gracia la oferta.

Aceptar sus apuntes era casi como admitir que Mireya era intelectualmente superior a ella.

Pero la realidad era que su orgullo no la ayudaría a aprobar el examen. Tragándose su ego, le dedicó una sonrisa forzada y le dio las gracias amablemente.

Esa misma noche, después de cenar, Diana corrió a encerrarse en su habitación para continuar estudiando.

Su madre, Jacinta Serrano, estaba maravillada con la noticia de que su hija quería estudiar un posgrado.

Sabiendo lo floja e inconstante que había sido Diana toda su vida, verla tan enfocada y ambiciosa era motivo de celebración.

Jacinta preparó personalmente un tazón de tónico nutritivo y se lo llevó a la habitación, insistiendo en que se lo tomara para tener energía durante su sesión de estudio.

Diana estaba atorada en un concepto complicado y le preguntaba a Aida, su asistente de inteligencia artificial, intentando descifrar el problema.

Al verla sufrir frente a la pantalla, Jacinta le acarició el cabello.

—Hija, si hay tantas cosas que no entiendes, ¿por qué no dejamos que tu padre te contrate un tutor privado? Podemos buscar a algún profesor universitario.

Con los contactos y el dinero de la familia Carmona, contratar a un experto era pan comido.

Diana negó con la cabeza, sin apartar los ojos de su libro.

—No es necesario, mamá. Elena nos está asesorando. Aunque a veces tiene muy poco tacto y me regaña, siempre termina resolviéndome las dudas más difíciles.

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