—Si tuvieras un poco de sentido común, sabrías que no sirvo para ser esposo —replicó Diego con una frialdad cortante—. Aun así, te empeñaste en atarme a ti usando a ese niño. Rosalía, tú elegiste este camino. ¿A quién pretendes culpar?
Sin decir más, tomó su maleta y salió por la puerta.
Rosalía sintió el impulso de destrozar cada mueble del lugar. ¡Ese hombre era un maldito insensible! ¿Cómo se atrevía a tratarla así?
El sonido de su teléfono interrumpió su furia. Era la niñera de la mansión Valiente.
—Señorita Rosalía, la pequeña Bárbara no deja de llorar buscándola.
Rosalía sacó una botella de licor del mueble bar, pero al recordar su embarazo, la dejó de golpe. No tenía ánimos de lidiar con una niña berrinchuda.
—Dile que se duerma, que no me espere.
—Pero lleva horas llamándola... —insistió la niñera, con tono apurado.
El estrés de Rosalía se disparó.
—¿Para qué les pago entonces? ¿Para que vivan como reinas? ¡Si están en la casa, hagan su trabajo y cálmenla!
Colgó de golpe y se dejó caer en el sofá, envuelta en una profunda amargura.
El sábado por la mañana, Alejandro Vargas y Elena llevaron a su hija al museo. Últimamente, Aurora pasaba mucho tiempo con la anciana Alvarado, quien le había inculcado el gusto por el arte clásico, así que Elena decidió complacerla.
Apenas entraron, la niña parlanchina guardó silencio, observando fascinada las pinturas y cerámicas exhibidas en las vitrinas. Elena caminaba a su lado, sosteniendo su manita, dejándola disfrutar a su propio ritmo.
De pronto, un grupo de estudiantes universitarios se acercó a Elena con expresiones de timidez y emoción.
—¿Usted es la doctora Elena Navarro?
Elena los miró con sorpresa. No los conocía de nada.
Una de las chicas, que llevaba gafas, habló atropelladamente:


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....