Aurora la miró con ojitos curiosos y le preguntó:
—Bisabuela, ¿yo no soy preciosa también?
La anciana Vargas le acarició el cabello con inmensa ternura:
—Claro que sí, mi princesita, tú eres hermosísima. Y has sido muy valiente al ayudarnos a cuidar de tu hermanita todo este tiempo.
Aurora infló el pecho, orgullosa, y respondió con una sonrisa traviesa:
—Bueno, en realidad no hice tanto. Solo le cantaba canciones para que no llorara. Mi abuela dice que cuando Amira esté un poquito más grande, podré llevarla a jugar conmigo al parque.
—Qué niña tan buena y maravillosa eres —la elogió la anciana.
La señora Vargas se había enterado de que Alejandro y Elena estaban en la casa con las niñas. Se moría de ganas de ir a verlas, pero su orgullo le decía que aún no los perdonaba. Aparecerse así como si nada sería darles el perdón en bandeja de plata, y sentía que debían ganárselo rogando.
Se quedó esperando durante horas, convencida de que la anciana mandaría a alguien a invitarla a cenar, pero ese momento nunca llegó.
Al final, tuvo que aceptar la dura realidad: nadie la iba a invitar.
Era evidente que en esa casa ya nadie le guardaba el menor respeto; la trataban como si fuera completamente invisible.
Y lo que más le hervía la sangre era el atrevimiento de la anciana Vargas: haber asistido a escondidas a la boda de esos dos sin siquiera dignarse a soltarle una pista. ¡Era una humillación total!
Consumida por la ansiedad, aguantó media hora más antes de mandar a una empleada a espiar lo que sucedía.
Cuando le informaron que Alejandro, Elena y las niñas estaban a punto de marcharse tras la cena, los nervios le ganaron la partida.
Tratando de convencerse a sí misma, murmuró que, después de todo, Elena era oficialmente su nuera. ¿Qué tenía de malo acercarse a cruzar un par de palabras con ella y con sus adorables nietas?
La desesperación por ver a las pequeñas la hizo caminar tan aprisa que, al salir, estuvo a punto de torcerse el tobillo.
De milagro logró agarrarse del pasamanos; si hubiera caído, habría protagonizado el ridículo de su vida.
Justo cuando Elena y Alejandro estaban acomodando a las niñas en el auto, la vieron aparecer.
Sentado en su silla de ruedas, Alejandro notó la actitud forzada de su madre y le susurró a su esposa con una sonrisa irónica:
—Seguro mi madre viene a soltar su veneno. Si no tienes ganas de aguantar sus dramas, súbete al auto con las niñas. Yo me encargo de manejarla.
—No te preocupes. Lo correcto es que al menos la salude —respondió Elena, serena.
Al acercarse, la señora Vargas ignoró olímpicamente a su hijo y clavó la mirada en su nuera.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....