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Reclamada por la Bestia romance Capítulo 3

Sienna corrió sin rumbo fijo. Se internó en el bosque oscuro sin importarle el peligro que corría al alejarse de la manada. Los desertores solían merodear por la zona, pero en ese momento nada le importaba.

Cuando sus piernas ya no pudieron seguir, finalmente se detuvo.

Miró a su alrededor y soltó una risa amarga.

Había llegado hasta el lago que colindaba con Rosal.

Se dejó caer a la orilla y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. Las imágenes de Karl y Circe juntos golpeaban su mente una y otra vez, no podía creer que Karl la hubiera engañado.

Pero lo que más le dolía era Circe. La persona que siempre había prometido estar a su lado.

Lo único que sabía era que las dos personas en las que más confiaba acababan de destruir todo lo que había construido con ellas.

—Estúpida, eso es lo que eres, Sienna —murmuró mientras se limpiaba las lágrimas con brusquedad.

De repente, escuchó un ruido proveniente del otro extremo del lago.

Se puso de pie de inmediato y entrecerró los ojos intentando distinguir algo entre la oscuridad. Pero sin una conexión con su loba, su visión era mucho más limitada que la de cualquier otro cambiante. Tampoco podía confiar en su olfato.

Soltó un suspiro y observó los alrededores.

Era una mala idea permanecer allí a esas horas de la noche.

Se dio media vuelta dispuesta a regresar a la mansión Alfa. Tenía que cancelar la ceremonia. Santiago exigiría explicaciones y, por doloroso que fuera, pensaba contarle la verdad. Después de todo, era la única persona en la que todavía confiaba.

Pero justo en ese momento se quedó paralizada. Todo su cuerpo se tensó.

Alguien estaba detrás de ella, podía sentir aquella presencia. Era como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto más pesado.

Fuera quien fuera, desprendía un aura tan dominante que le resultaba difícil incluso respirar.

El hombre la observaba con sus intensos ojos amarillos desde el otro extremo del lago. Dio un salto limpio y largo, cayendo de pie justo detrás de ella.

El cuerpo de Sienna temblaba, pero no de miedo. Sentía cómo la piel le empezaba a arder y cómo la entrepierna se le mojaba por completo con la sola presencia de ese hombre.

Sienna se armo de valor y se giro para quedar frente a ese hombre, era alto y grande, tuvo que levantar su cabeza para encontrarse con su rostro, pero sus ojos se enfocaron en esa mirada salvaje que la desnudaba.

Sin poder evitarlo se tambaleo a los lados, y cuando pensó que iba a caer fue sostenida por grande y fuertes manos de ese hombre.

Sienna levantó la mirada hacia él. Esos ojos amarillos parecían estar devorándola, sentía cómo su coño chorreaba, empapándose en sus propios jugos ante la cercanía de aquel hombre.

—Estás en celo, lobita —dijo el hombre.

Su voz era profunda y ronca. Sus manos, que estaban en su cintura, bajaron descaradamente hasta sus nalgas. Sienna sintió un fuerte apretón que la hizo jadear; el calor entre sus piernas se volvió insoportable con ese simple contacto.

El desconocido no esperó más. Le agarró los muslos, la levantó de golpe y la empujó contra el tronco del árbol. Sienna abrió las piernas por instinto, frotando su entrepierna empapada contra el pantalón de él

El desconocido la soltó y dio un paso atrás, haciéndola caer de rodillas sobre la tierra. Sienna levantó la vista, respirando agitada, con los ojos fijos en él.

Eres mía 1

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