Vanesa Santángel había sido presionada para casarse otra vez ese mismo día.
Estaba a punto de cumplir treinta años y, entre las familias de la alta sociedad, sus contemporáneos ya tenían al menos dos hijos.
Hace un par de años, ella también debió haberse casado. Sin embargo, Mauricio Mondragón se negó a desposarla, prefiriendo cargar él solo con la deuda de novecientos millones del Corporativo Mondragón, convirtiéndola en el hazmerreír del círculo social de élite.
Para acallar los rumores, la familia Santángel le buscó un esposo, y el elegido fue Yago Maldonado.
Yago era un conocido mujeriego en su círculo, cambiaba de mujer con más frecuencia que de ropa. El Corporativo Maldonado pensó que al unir a ambas familias, Vanesa podría meter a Yago en cintura, pero ella lo despreciaba; su único deseo era casarse con Mauricio. A Yago tampoco le importaba ella; mientras ella gritaba, él seguía divirtiéndose.
Eran una pareja comprometida que funcionaba exactamente igual que unos socios comerciales.
—Señorita Santángel, ya hemos avisado al joven Yago. Por favor, tenga paciencia. ¿Desea algún otro servicio? —intentó tranquilizarla uno de los asistentes de la sala privada, cuyo principal trabajo era ser su saco de boxeo.
Vanesa se quitó los tacones, se paró sobre el sofá y estalló en insultos. —¿Crees que te habría llamado si quisiera otro servicio? Mírate en un espejo o búscate un charco para reflejarte. Con esa cara, usarte como saco de boxeo ya es hacerte un favor.
Afuera, al escuchar los gritos, Ximena no pudo evitar un escalofrío. ¡Vanesa era tan arrogante! Sin duda, era una niña rica mimada, a un nivel completamente distinto al de alguien de origen humilde como ella.
Yago la miró. —Hermosura, ¿todavía quieres verla?
Ximena apretó los dientes. —Sí, con su permiso, joven Yago.
Si Vanesa era tan implacable, verla lidiar con Ana Nogales definitivamente sería muy interesante.
Yago asintió. —De acuerdo.
Apenas entraron, otra copa voló por los aires. Acostumbrado, Yago extendió la mano y la atrapó en el aire. Con una sonrisa socarrona, dijo: —¿Qué ataque de locura tienes ahora? Si te arrugas más, Mauricio menos va a querer casarse contigo.
Al oír eso, Vanesa comenzó a maldecirlo, pero se detuvo de golpe al ver a Ximena entrar detrás de él.
—¡Yago Maldonado! ¡¿Una estudiante de preparatoria?! Tienes gustos cada vez más raros. La próxima vez seguro traes a una de secundaria.
Las facciones de Vanesa eran muy refinadas y, aunque Ximena también era una belleza innegable, frente al aura de elegancia y alcurnia con la que Vanesa había crecido, se quedaba bastante corta.
Yago hizo una seña al asistente, quien tomó un cigarrillo de una bandeja, se lo ofreció respetuosamente y se lo encendió.
Yago exhaló una bocanada de humo y dijo: —No hables tonterías. Ella vino a buscarte a ti. Dice que tiene algo que contarte sobre Mauricio y, como sonaba a algo que te interesaría, la dejé pasar.
—Dinos, hermosura, ¿qué asunto sobre Mauricio vienes a contarle a la Señorita Santángel?
Vanesa se sorprendió y Ximena se apresuró a hablar. —Señorita Santángel, buenas tardes. Me llamo Ximena Jurado, soy estudiante de último año en el Instituto Nacional de la Ribera y compañera de la chica a la que el Señor Mondragón está patrocinando.
Vanesa no entendía qué pasaba. —¿Y qué quieres tú conmigo? ¿Le tienes envidia a la chica patrocinada por Mauricio y quieres que yo te patrocine a ti? Jajaja, niña, ese proyecto de patrocinio a estudiantes destacados solo lo hace el Corporativo Mondragón. En mi familia no hacemos eso. En lugar de patrocinar adolescentes, a los Santángel nos gusta financiar doctorados en el extranjero.

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