—Oiga, señor, ya estamos en el siglo veintiuno y usted sigue con mentalidad de la época de las cavernas. Que doña Julia no pueda tener hijos no es ninguna vergüenza para su familia —replicó Ana con firmeza.
Al escucharla, el rostro de Dante se descompuso aún más.
—¿Qué vas a saber tú, mocosa? Que una mujer no pueda parir es una desgracia, la peor de las vergüenzas.
Una vecina intervino indignada:
—¿Acaso tu familia tiene sangre azul y un imperio que heredar? ¿Y qué si una mujer no puede tener hijos? Sin ella cuidándolos, ¿creen que habrían sobrevivido hasta ahora? Los malagradecidos son ustedes, esa es la verdadera cara de la familia Lucero.
—¡Válgame Dios! Pensé que había cometido un delito grave, ¿y resulta que este tipejo golpea a su propia hermana solo porque no puede parir? Esa es la estupidez más grande que he escuchado en el año. Por tu forma de hablar se nota la clase de calaña que eres. En lugar de proteger a tu hermana, vas ventilando sus asuntos privados. Qué bonitas "reglas familiares" tienen, me dan asco.
—¡Qué asco, esto es indignante! ¿Acaso es solo problema de Julia que no pueda tener hijos? Yo apostaría a que el inútil de su exmarido ni siquiera fue al médico a revisarse. Y lo más ridículo: Julia lleva apenas unos días en este callejón, levantándose de madrugada para vender viandas y rompiéndose el lomo trabajando. ¿A qué hora va a robarle el marido a alguien? ¿A qué hora destruye una familia?
—No me haga reír. El hombre que le presentó doña Lidia está parado justo frente a usted, y su hija también. Mateo, ¿cuándo te casaste que los vecinos no nos enteramos?
—Hermano de Julia, viene aquí repartiendo golpes sin siquiera preguntar. Puedo imaginarlo todo: usan la excusa de que ella "los avergüenza" para no dejarla salir, cuando en realidad solo querían explotarla. La usan de sirvienta por quince años, y sienten que tienen todo el derecho solo porque no pudo tener hijos.
—¡Qué asco! He visto gente mala, pero nunca algo tan repulsivo. Explotan a esta pobre mujer quince años sin una pisca de gratitud y encima creen que se lo merecen. ¿De qué tienen hecha la cara, de oro?
—La deben tener de acero, porque no se les rompe de la desvergüenza. Vecinos, vengan a ver esto: una familia que hace atrocidades y encima se siente superior. Son un cero a la izquierda, pero con un ego gigante.
—¡Qué asco!
—¡Qué asco!
—¡Qué asco!
El rostro de Dante era un poema, cambiando de color como un caleidoscopio: de rojo a blanco y viceversa. Todos los vecinos ayudaron a levantar a Julia y formaron una barrera humana.
—Julia, no le tengas miedo. El que no tiene nada que perder no le teme a nada. Si esa es tu familia, mejor que te borren de su árbol genealógico, porque no te merecen.
—Exacto. Ninguna mujer decente querría emparentar con gente así. Tienes manos y pies, te ganas la vida dignamente vendiendo viandas. ¿Por qué dejarte humillar por estos parásitos chupópteros?
—Oiga, señor Lucero, se lo dejamos claro: nosotros protegemos a Julia. Vecinos, abran bien los ojos; si este sujeto vuelve a pisar el callejón, lo sacamos a escobazos. Seremos pobres, pero con nosotros nadie se mete.
—Hablan muy bonito porque no les afecta. Al final, ella no tiene nada que ver con ustedes, es un asunto de los Lucero —espetó Dante, sin dejarse intimidar—. Aunque venga la policía, dirán lo mismo. No se hagan los héroes dándome lecciones de moral. Si estuvieran en mi lugar, apuesto a que reaccionarían peor.

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