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Renacer: Reina de Oro, Ex de Barro romance Capítulo 167

Ximena no esperaba que Yago en persona fuera a buscarla.

Al cruzar la calle desde el salón de belleza hasta la esquina, vio a Yago, vestido con un traje amarillo pálido, apoyado en el capó de su Rolls-Royce con los brazos cruzados.

Parecía un modelo de exhibición.

Era la primera vez que Ximena tenía contacto con un hombre de ese nivel. Esos ojos seductores y el aura de lujo que lo rodeaba eran suficientes para convencerla de que, incluso si solo se acostaba con él una vez, tendría de qué presumir toda la vida.

Ana Nogales resultaba ser un amuleto de la suerte para ella; ¿quién hubiera dicho que buscar a Vanesa para humillarla no solo fracasaría, sino que además le traería tanta suerte?

Quintino ya le había dado referencias de Yago; era un Don Juan, pero el dinero que le daba a cualquier mujer que se le acercaba superaba lo que podría conseguir acostándose con diez hombres juntos.

Aun si no pasaba nada, disfrutar de lujos a su lado ya era bastante prestigio.

—Joven Yago, ¿cómo es que vino personalmente? ¿No habíamos acordado que mandaría a su asistente?

Ximena fingió sorpresa, y en parte era genuina. ¿Acaso que él viniera en persona significaba que tenía tanto interés en ella como esperaba?

Desde que ella le mandó el mensaje pidiéndole veinte minutos, Yago sacó el auto para esperarla.

Con su aspecto tan apuesto y manejando semejante vehículo, aunque muchas personas intentaron acercarse a platicarle, él simplemente las ignoró.

Cuando Ximena salió del salón de belleza de enfrente, él la vio. Al acercarse, sus ojos de conquistador se iluminaron; de verdad tenía con qué encantar a los hombres, bastaba con arreglarse un poco para desatar las hormonas de cualquiera.

—No tenía nada mejor que hacer. Además, es la primera vez que invito a salir a una lindura como tú, no podía ser descortés. Sube, te llevaré al yate.

El rostro de Ximena se ruborizó.

Definitivamente, un hombre envuelto en el aroma del dinero resultaba ser el más encantador de todos.

—Muchas gracias, joven Yago.

Ximena se veía tan dócil y obediente, ignorando por completo que, a sus espaldas, Julián lo estaba presenciando todo.

La vio sonriendo coquetamente, como si ya tuviera algo con Yago, subir a su auto y marcharse con él.

Durante el trayecto conversaban animadamente. Por lo menos Julián no vio ni un asomo de disgusto en el rostro de Ximena.

Parecía feliz, incluso complacida.

El taxista, aunque no entendía del todo la situación, era perro viejo en estas lides: —Joven, la muchacha que va de copiloto allá adelante, ¿es su hermana? Le aconsejo que la vigile bien, a esos ricachones les encanta ese tipo de chicas.

—¿No quiere llamarla para decirle que se vaya a casa y no ande con hombres adinerados? O llame a sus padres para que le pongan un alto.

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