—Señorita, por favor, se lo ruego. Soy solo una estudiante, tenga piedad de mí y acépteme la devolución de todo lo que compró ese muchacho ayer —imploraba Ximena, llevando un maquillaje cuidadosamente difuminado para fingir que tenía los ojos hinchados de tanto llorar—.
—Para serle completamente sincera, el chico que pagó ayer es solo un compañero de mi preparatoria. ¡Le juro que no sabía que estaba usando la tarjeta de crédito de su madre!
—Hoy en la mañana me ha llamado decenas de veces. Me gritó que si no devolvía todo, me iba a romper las piernas. Mire, mire, estas son todas sus llamadas.
Ximena le mostró la pantalla de su celular, derramando un par de lágrimas muy convincentes.
—Ayúdeme, se lo suplico. Yo no tengo madre, me crie de la caridad ajena. Si no le llevo ese dinero hoy mismo, esa mujer me va a encerrar y no me va a dar de comer.
—Yo entiendo que ustedes tienen políticas, pero, ¿no podrían cobrarme una penalización y darme el resto en efectivo? La señora me dijo que no le importaba si le cobraban una comisión de penalización, siempre y cuando recuperara el dinero.
Ximena lloriqueaba sin parar.
En realidad, Doña Beatriz sí la había llamado esa misma mañana para exigirle el dinero, amenazándola con publicar en toda la escuela a qué se dedicaba realmente en esos callejones oscuros.
A Ximena no le importaba ser una pandillera, pero ser humillada en las redes sociales ya era otro nivel de problema.
Desde la noche anterior sabía que no podría quedarse con esa ropa de diseñador. Menos mal que, al momento en que Julián pagó, fue lo suficientemente lista como para no arrancarles las etiquetas.
Hasta había dormido con uno de los vestidos puestos para venir a primera hora a regresarlos. Y para darle más dramatismo al asunto, incluso había cambiado el contacto de Julián en su celular para que dijera "Doña Beatriz", asegurándose de que la empleada viera las llamadas "desesperadas" de la madre cobrándole.
La empleada frunció el ceño, evaluando la situación. Al ver que realmente parecía una estudiante desesperada, accedió a hacer la devolución cobrando un 20% de penalización por el uso de las prendas, y le entregó veinticuatro mil pesos en efectivo a Ximena.
Ximena, fingiendo una inmensa gratitud, la llenó de bendiciones diciéndole que era un ángel y que la vida la recompensaría.
Con los veinticuatro mil pesos en las manos, Ximena fue directamente a depositar veinte mil en su cuenta personal. Los cuatro mil restantes se los quedó en el bolsillo. Cuando su celular volvió a sonar con otra llamada de Julián, finalmente contestó:
—Bueno... Julián. Perdóname, soy una inútil. Le rogué de rodillas a la encargada, pero solo aceptó devolverme cuatro mil pesos a cambio de la ropa.
—Julián, ¿qué vamos a hacer? Si Doña Beatriz se entera de que solo recuperé cuatro mil pesos de los treinta mil, me va a hacer pedazos.
Sonrió maliciosamente, esperando la respuesta de Julián.
Julián ya se imaginaba que su madre le había marcado a Ximena para atormentarla.
Aunque le sorprendió un poco que en una boutique de lujo permitieran devoluciones, los sollozos de Ximena le rompieron el corazón y apagaron su sentido común.
—Mena, ¿dónde estás? Voy para allá ahora mismo. No vamos a devolver nada, fue mi primer regalo para ti y me niego a que te lo quiten.
Ximena fingió un suspiro ahogado por el miedo.
El Corporativo Mondragón estaba ubicado en el corazón del distrito financiero de Puerto de la Ribera. Sus Torres Gemelas eran el símbolo más imponente de la ciudad. Ana recordaba que en su vida anterior estas torres habían sido remodeladas años más tarde, volviéndose aún más majestuosas.
Con su credencial de estudiante en mano, Ana se presentó en la recepción. La recepcionista, con amabilidad profesional, la escoltó hasta el elevador y le indicó el piso de la entrevista.
Aunque el edificio lucía como la versión antigua que ella recordaba, Ana conocía los pasillos como la palma de su mano, pues había pasado tres largos años trabajando entre esas paredes.
No era la única aspirante a la Beca de excelencia. Había al menos un centenar de estudiantes más en ese piso.
Eran los mejores talentos seleccionados por el Corporativo Mondragón de todas las escuelas de nivel medio superior de la región; diamantes en bruto a punto de saltar al mundo real.
Ana llegó al piso correspondiente y notó que aún tenía cincuenta personas por delante en la fila.
En su vida pasada no tuvo la oportunidad de estar en ese lugar, pero Julián le había contado que quienes llegaban allí eran auténticos genios, y que lograr convencer a los altos ejecutivos dependía de pura agilidad mental.
Ana tomó aire, llenándose de confianza. Sabía exactamente qué hacer para que Mauricio la eligiera.
¡Ding!
Las puertas del elevador presidencial se abrieron. Ana levantó la mirada y lo vio: Mauricio Mondragón, el hombre al que le había servido café y agendado reuniones por tres años, salió rodeado de su élite ejecutiva.

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