—Julián, tienes que darlo todo.
Ximena lo miraba con ojos soñadores, sujetando las manos del chico con las suyas.
Esa actitud melosa y empalagosa le recordó a Ana cómo ella misma, en su vida pasada, solía animarlo exactamente de la misma manera.
En aquel entonces, ella también era una participante del certamen, ¿cómo se le pudo olvidar que ella misma podía haber ganado el premio y aumentar su expediente? Todo fue producto del lavado de cerebro y la sumisión que Beatriz le había inculcado. Le entregó un futuro brillante en bandeja de plata a otra persona, y como agradecimiento, él terminó quitándole la vida.
Tatiana y Leonardo se acercaron al verla llegar. Aunque no imitaron los mimos ridículos de Ximena, su entusiasmo compensaba cualquier cosa: —¡Vamos Ana, con todo! ¡Ana, tú puedes!
Ana sintió que le retumbaban los tímpanos.
Leonardo era un verdadero amigo; había arrastrado a todo su equipo de básquetbol y a los chicos de la escuela para apoyarla. Si les hubieran puesto porristas, seguramente habrían sido el espectáculo del día.
—¿No pueden ser un poco más discretos? —lo fulminó Ana con la mirada.
Leonardo agitó unos pompones de colores que traía en las manos: —Imposible, el talento no se oculta. Ana, tú vas a ser la campeona.
Sus ojos reflejaban una absoluta seriedad. Ana no sabía de dónde sacaba tanta confianza, pero el hecho era que él creía ciegamente en ella.
Tatiana también asintió con energía, animándola a creer en sí misma.
A Ximena le molestó la actitud de los dos y comentó con voz mordaz: —Leonardo, Tatiana, les sugiero que no le pongan tanta presión a Ana Nogales.
Ella también había reunido a un grupo de estudiantes para animar a Julián. Uno de ellos le dio la razón de inmediato: —Exacto, Julián es el número uno del año. No importa si es el certamen de física, el de matemáticas o el de inglés, siempre se lleva el oro. Este año no será la excepción.
—Ana, estamos en el mismo salón. Siendo honestos, que compitas contra Julián se ve un poco mal. Eres la décima de la generación, y aunque tienes buenas calificaciones, la diferencia entre el primer y el décimo lugar es abismal.
—Ana, ¿por qué mejor no te retiras del certamen?
Mientras los compañeros seguían sugiriendo que abandonara, a uno de los amigos de Leonardo se le colmó la paciencia: —Este año las cosas podrían cambiar. Julián siempre gana, pero Ana siempre ha arrasado hasta quedar en segundo lugar. ¿Quién dice que este año no se lleva la corona?
—Así es, hasta al mejor cazador se le va la liebre. Nosotros apostamos a que Ana será la campeona de hoy.
Terminando de hablar, el grupo elevó los ánimos al máximo: —¡Ana, campeona! ¡Ana, campeona!
El rostro de Ximena se tornó verde de coraje.
A Julián todo esto lo tenía sin cuidado. Su mirada era altiva y su rostro un témpano de hielo: —Si te arrodillas ahora mismo, admites que te equivocaste y prometes seguir limpiando nuestro salón de clases y trayéndonos la comida a Mena y a mí, a lo mejor considero perdonarte.
Ana soltó una carcajada burlona: —Julián Ledesma, ¿todavía sigues soñando despierto? Deja de darte tantos aires de grandeza. Cuando pierdas más al rato, procura no volverte loco.
—Ana, ¿acaso no vas a rendirte hasta que tengas la soga al cuello? —se mofó él.
—Tú eres el que no se dará por vencido hasta que le claven el último clavo en el ataúd.
—Julián Ledesma, esta batalla, no la voy a perder.
—En lugar de decir tonterías frente a mí, mejor ve pensando cómo le vas a explicar a tu madre tu derrota. Cincuenta mil pesos no son cualquier cosa, ¿eh?
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