Leonor sintió que el mundo se le venía encima.
¿Por qué Román tenía tanta hostilidad hacia ella?
Todo era culpa de Rosana, esa maldita. Si no fuera porque esa víbora le fue con el chisme a Román, la situación no estaría así.
Al escuchar que lo iban a reemplazar, el mayordomo se puso nervioso.
Lanzó una mirada rápida a Leonor, pero ella mantuvo la cabeza baja y no dijo nada para defenderlo.
El mayordomo, presa del pánico, se apresuró a hablar:
—Señores, yo solo seguía sus órdenes. No fue mi intención ignorar a la señorita Rosana.
Román lo fulminó con la mirada.
—¿"Señorita Rosana"? Deberías referirte a ella como la patrona de esta casa, la señorita Lines.
El mayordomo titubeó.
—¿No es para distinguirla de la señorita Leonor?
—No hay nada que distinguir. La familia Lines solo tiene una señorita legítima. Leonor no es más que una extraña.
Alonso sintió que le empezaba a doler la cabeza.
Miró a Leonor y dijo:
—Ve a tu habitación a descansar. Necesitamos discutir este asunto, no pienses demasiado.
Leonor forzó una sonrisa, fingiendo comprensión.
—Quizás sea mejor que me mude. No quiero poner a mis hermanos en una situación difícil por mi culpa.
Julio habló:
—Está bien. Me encargaré de arreglarte una casa, podrás mudarte en cuanto esté lista.
Al escuchar esto, la expresión de Leonor se congeló.
Jamás esperó que Julio aceptara tan fácilmente su propuesta de irse. Esto no era lo que había imaginado.

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