En su vida anterior, realmente no le importaba el título de heredera. Si la familia quería ocultarla, no le importaba. Estaba feliz de poder reunirse de nuevo con sus padres y hermanos.
De verdad.
Pero ahora...
¿Por qué ceder lo que le pertenecía por derecho?
Ya no cedería.
No cedería nada.
¿Isabela lo quería? Pues que viniera a luchar por ello. Ya vería quién ganaba, si Isabela, que no llevaba la sangre de la familia, o ella, la verdadera y legítima heredera.
—Isabela —dijo Natalia de repente, mirando a la chica que se escondía en un rincón. Su voz, ya de por sí algo fría, se volvió más grave—. Eres una impostora.
Isabela se quedó atónita.
Miró, desconcertada, a Natalia, que la señalaba con el dedo, y apretó las manos sin darse cuenta.
¿Qué estaba haciendo Natalia?
¿Iba a quitarle todo lo que era suyo?
No.
No podía permitir que se lo arrebatara.
Los ojos de Isabela se enrojecieron al instante, llenándose de lágrimas.
Santiago, al ver a Isabela tan acosada, estalló.
—¡Natalia, qué tonterías dices! ¡Isa no es ninguna impostora, es mi hermana!
¡Maldita sea!
Natalia se había atrevido a intimidar a Isa.
Le secó las lágrimas con ternura.
—Hermanita, no llores, lo que ella diga no importa. En esta casa solo hay una heredera, y esa eres tú. Natalia no es nadie.
Leonardo también la miró con cariño.


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