Natalia se había colocado a propósito muy cerca del micrófono.
Su voz se transmitió a través de él.
La gente de abajo la oyó y, al instante, estalló.
—¿Qué? ¿He oído bien? ¿Natalia dice que alguien ha cambiado su obra?
—¿De verdad?
—Vaya, esto está que arde, más que el propio concurso.
—¡Esto se va a poner bueno!
“…”
Varios de los jueces, al oírla, también se quedaron de piedra.
Era la primera vez que se encontraban con algo así.
El profesor Mendoza miró a la joven que tenía delante, con el semblante serio.
Al ver la obra número 043, se había molestado mucho.
Presentar un borrador desastroso era, claramente, una provocación.
No tenía una buena impresión de esta chica. Estaba desafiando la autoridad de su Academia de Arte.
Justo cuando uno de los jueces se disponía a hablar, Mendoza cogió el micrófono y dijo con voz seca:
—Dice que alguien ha cambiado su obra, ¿tiene pruebas?
—No tengo pruebas, pero la obra de ahí arriba no la he hecho yo. Mi obra no es así.
—¿Dice que no es y ya está? —Mendoza sacó el portafolio y señaló la etiqueta que llevaba pegada—. Aquí pone su nombre, ¿cómo no va a ser suya?
Natalia echó un vistazo y dijo:
—La etiqueta ha sido arrancada y pegada de nuevo.
—¿Qué pruebas tiene para demostrar que la etiqueta ha sido arrancada? —replicó Mendoza.

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