Mientras la familia Solís movilizaba sus vastos recursos, Isabela De la Vega libraba su propia guerra desesperada. La frialdad de su padre era un muro de hielo, sus hermanos la evitaban y la adulación de sus amigas se había agriado, convirtiéndose en susurros venenosos a sus espaldas. Sentía cómo su mundo, construido sobre una mentira cuidadosamente mantenida, se desintegraba. Necesitaba un ancla, un arma tan poderosa que obligara a su familia a volver a ella, a elegirla por encima de la intrusa perfecta. Y en la desesperación, encontró su última y más cruel estratagema.
El plan requería una ejecución impecable. Usando una parte de los fondos que había acumulado durante años, contactó a un médico cuya clínica privada estaba al borde de la bancarrota. Un hombre con más deudas que escrúpulos. Le pagó una suma exorbitante para falsificar diagnósticos, para crear la ilusión de una enfermedad rara y devastadora, una leucemia de desarrollo lento, lo suficientemente ambigua para evitar una confirmación inmediata pero lo suficientemente aterradora como para inspirar lástima y terror.
La actuación comenzó una tarde, durante la cena. Isabela, que había pasado el día maquillándose para conseguir una palidez enfermiza, se desplomó junto a su silla con un gemido ahogado. El caos fue instantáneo.
Carmen gritó, corriendo hacia ella. Ricardo, a pesar de su frialdad reciente, palideció. Mateo y Leonardo se abalanzaron para ayudarla. Solo Santiago, que había llegado a la cena por obligación, observó la escena con una mirada suspicaz.
El "diagnóstico" del médico comprado llegó al día siguiente, entregado con una solemnidad ensayada. Las palabras "anomalías en los glóbulos blancos", "necesidad de más pruebas" y "pronóstico reservado" cayeron sobre la familia como una sentencia de muerte.

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